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14 diciembre 2019

Padre Raniero Cantalamessa. 13 de diciembre. Segunda predicación de Adviento 2019.

PROCLAMA MI ALMA LA GRANDEZA DEL SEÑOR - MARIA EN LA VISITACIÓN.
En esta meditación subimos con María “a la montaña”, a la casa de Elizabeth. Allí la Madre de Dios nos hablará directamente y en primera persona con su cantico de alabanza, el Magnificat. Hoy el sucesor de Pedro celebra los 50 años de su sacerdocio y el cántico de la Virgen es la oración que más espontáneamente brota del corazón en una ocasión parecida. Sera entonces una pequeña manera de participar espiritualmente a su Jubileo.
Para entender el Magnificat es preciso decir algo sobre el sentido y la función de los canticos evangélicos en el Evangelio de la infancia de Lucas. Estos himnos–el Benedictus, el Magnificat y el Nunc dimittis – tienen la función de explicar pneumáticamente lo que sucede, es decir, poner de relieve, con palabras, el sentido del acontecimiento, confiriéndole la forma de una confesión de fe y de alabanza. Indican el significado escondido del acontecimiento que debe ser puesto de manifiesto.
Como tales son parte integrante de la narración histórica; no constituyen un entreacto ni se trata de pasajes separados, porque todo acontecimiento histórico está constituido por dos elementos: por el hecho y por el significado del hecho. Los cánticos introducen ya la liturgia en la historia. «La liturgia cristiana —se ha escrito— tiene sus comienzos en los himnos de la historia de la infancia» . En otras palabras, tenemos en estos cánticos un embrión de la liturgia navideña. Realizan el elemento esencial de la liturgia que es ser celebración festiva y creyente del acontecimiento de salvación.
Muchos problemas permaneces abiertos acerca estos cánticos, según los estudiosos: los autores verdaderos, las fuentes, la estructura interna… Afortunadamente, podemos prescindir de todos estos problemas críticos y dejar que continúen siendo estudiados con provecho por aquellos que se ocupan de este tipo de problemas. No debemos esperar a que se resuelvan todos estos puntos oscuros para dejarnos edificar ya por estos cánticos. No porque dichos problemas no sean importantes, sino porque existe una certeza que relativiza todas esas incertezas: Lucas ha acogido estos cánticos en su evangelio y la Iglesia ha acogido el evangelio de Lucas en su canon. Estos cánticos son «palabra de Dios», inspirada por el Espíritu Santo.
El Magníficat es de María porque a ella lo ha «atribuido» el Espíritu Santo ¡y esto hace que sea más «suyo» que si lo hubiese escrito materialmente de su puño y letra! En efecto, no nos interesa tanto saber si el Magníficat lo compuso María, cuanto saber si lo compuso por inspiración del Espíritu Santo. Incluso si estuviéramos segurísimos de que fue compuesto por María, el cántico no nos interesaría por esta razón, sino porque en él habla el Espíritu Santo.
Con estas premisas y con estos sentimientos, nos acercamos ahora al primero de nuestros cánticos, el Magníficat, considerándolo ante todo como cántico de María y luego como cántico de la Iglesia y del alma.
El cántico de María contiene una mirada nueva sobre Dios y sobre el mundo: en la primera parte, que comprende los versículos 46-50, en consonancia con lo que ha tenido lugar en ella, la mirada de María se dirige a Dios; en la segunda parte, que comprende los restantes versículos, su mirada se dirige al mundo y a la historia.
Una nueva mirada sobre Dios
El primer movimiento del Magníficat es hacia Dios; Dios tiene el primado absoluto sobre todo. María no se demora en responder al saludo de Isabel; no entra en diálogo con los hombres, sino con Dios. Ella recoge su alma y la abisma en el infinito que es Dios. En el Magníficat se ha «fijado» para siempre una experiencia de Dios sin precedentes y sin comparaciones en la historia. Es el ejemplo más sublime del lenguaje llamado numinoso. Se ha señalado que el hecho de que la realidad divina se asome al horizonte de una criatura produce, normalmente, dos sentimientos contrapuestos: uno de temor y otro de amor. Dios se presenta como «el misterio tremendo y fascinante», tremendo por su majestad y fascinante por su bondad. Cuando la luz de Dios brilló por primera vez en el alma de Agustín confiesa que «se estremeció de amor y de terror» y, más adelante, dice también que el contacto con Dios le hacía «tiritar y arder» a la vez .
Encontramos algo parecido en el cántico de María, expresado de modo bíblico, a través de los títulos. Dios es visto como «Adonai» (que dice mucho más que nuestro «Señor» con el que se traduce), como «Dios», como «Podero¬so» y, sobre todo, como Qãdōsh, «Santo»: ¡Su nombre es Santo! Una palabra que envuelve todo de silencio estremecedor. Al mismo tiempo, sin embargo, este Dios santo y poderoso, es visto, con infinita confianza, como «mi Salvador», como realidad benévola, amable, como mi «propio» Dios, como un Dios para la criatura. Es sobre todo la insistencia de Maria sobre la misericordia de Dios (la única palabra repetida dos veces en cantico!) que pone de relieve este aspecto de “fascinante” benevolencia del Dios bíblico. “Su misericordia de generación en generación”: estas palabras sugieren la idea de una rivera majestuosa que recurre a través de toda la historia humana.
El conocimiento de Dios provoca, por reacción y contraste, una nueva percepción o conocimiento de uno mismo y del propio ser, que es el verdadero. El yo no se capta más que delante de Dios. En presencia de Dios, pues, la criatura se conoce finalmente a sí misma en la verdad. Y vemos que así sucede también en el Magníficat. María se siente «mirada» por Dios, entra ella misma en esa mirada, se ve como la ve Dios. ¿Y cómo se ve a sí misma bajo esta luz divina? Como «pequeña» («humildad» aquí significa real pequeñez y bajeza, ¡no a la virtud de la humildad!) y como «sierva». Se percibe como una pequeña nada a la que Dios se ha dignado mirar. Maria no atribuye la elección divina a su humildad sino únicamente a la gracia de Dios. Pensar diversamente sería destruir la humildad de la Virgen pues la humildad tiene un estatuto muy particular: la posee quien no cree poseerla; no la posee quien cree poseerla.
De este reconocimiento de Dios, de sí y de la verdad se li¬bera la alegría y el júbilo: «Mi espíritu se alegra…». Alegría incontenible de la verdad, alegría por el obrar divino, alegría de la alabanza pura y gratuita. María glorifica a Dios en sí mismo, aunque lo glorifique por aquello que ha obrado en ella, es decir, a partir de la propia experiencia, como ha¬cen todos los grandes orantes de la Biblia. El júbilo de María es el júbilo escatológico por el obrar definitivo de Dios y es el júbilo de la criatura que se siente amada por el Creador, al servicio del Santo, del amor, de la belleza, de la eternidad. Es la plenitud de la alegría. San Buenaventura, que tenía experiencia direc¬ta de los efectos transformantes de la visita de Dios al alma, habla de la venida del Espíritu Santo a María, en el momento de la Anunciación, como de un fuego que la inflama por completo:
«Descendió en ella —escribe— el Espíritu Santo como un fuego divino que inflamó su mente y santificó su carne, confiriéndole una pureza perfectísima… ¡Ojalá fueras capaz de sentir, en alguna medida, cuál y qué grande fue el incendio bajado del cielo, cuál el refrigerio causado…! ¡Si pudieras oír el canto jubiloso de la Virgen…!» . Incluso la exégesis científica más rigurosa y exigente se da cuenta de que aquí nos encontramos ante palabras que no se pueden comprender con los medios normales del análisis filológico, y confiesa: «Quien lee estas líneas, está llamado a compartir el júbilo; sólo la comunidad concelebrante de los creyentes en Cristo y de sus fieles está a la altura de estos textos» .
Es un hablar «en el Espíritu» que no se puede comprender sino en el Espíritu.
Una nueva mirada sobre el mundo
El Magníficat —decía— se compone de dos partes. En el paso de la primera a la segunda parte, lo que cambia no es ni el medio expresivo ni el tono; desde este punto de vista, el cántico es un continuo fluir que no presenta cesuras; continúa la serie de verbos en pasado que narran lo que Dios ha obrado, o mejor, «ha comenzado a hacer». Lo que cambia es sólo el ámbito del obrar de Dios: de las cosas que ha realizado «en ella», se pasa a observar las cosas que ha realizado en el mundo y en la historia. Se consideran los efectos de la manifestación definitiva de Dios, sus reflejos sobre la humanidad y sobre la historia. Aquí observamos una segunda característica de la sabiduría evangélica que consiste en unir a la embriaguez del contacto con Dios la sobriedad en la forma de mirar el mundo, y en conciliar entre sí el mayor éxtasis y abandono en relación con Dios, con el mayor realismo crítico en relación con la historia y con los hombres.
Con una serie de potentes verbos en aoristo, María describe, a partir del versículo 51, un vuelco y un cambio radical de las partes entre los hombres: Derribó-exaltó; colmó-despidió sin nada. Un giro repentino e irreversible, porque es obra de Dios que no cambia ni vuelve atrás, como hacen, en cambio, los hombres en sus asuntos. En este cambio emergen dos categorías de personas: por una parte la categoría de los soberbios-potentes-ricos; por otra, la categoría de los humildes-hambrientos.
Es importante que comprendamos en qué consiste dicho vuelco y dónde se produce, porque, de lo contrario, existe el riesgo de malin¬terpretar todo el cántico y con él las bienaventuranzas evangélicas que están anticipadas aquí, casi con las mismas palabras. Observemos la historia: ¿qué ha ocurrido, de hecho, cuando ha empezado a realizarse el acontecimiento cantado por María? ¿Acaso ha habido una revolución social y visible a los ojos de todos por la que, de repente, los ricos se han empobrecido y los hambrientos saciados de alimento? ¿Ha habido, acaso, una distribución más justa de los bienes entre las clases? No. ¿Acaso los potentes han sido derribados materialmente de sus tronos y los humildes ensalzados? No. Herodes continuó siendo llamado «el Grande» y María y José tuvieron que huir a Egipto por su causa.
Así pues, si lo que se esperaba era un cambio social y visible, la historia se ha encargado de desmentirlo totalmente. Entonces, ¿dónde ha sucedido ese cambio radical? (¡Porque lo cierto es que éste ha ocurrido!). ¡Ha tenido lugar en la fe! El reino de Dios se ha manifestado y esto ha provocado una revolución silenciosa, pero radical. Como si se hubiera descubierto un bien que, de golpe, devaluara la moneda corriente. El rico aparece como un hombre que ha ahorrado una ingente suma de dinero, pero durante la noche ha habido una devaluación del cien por cien y al levantarse por la mañana era un pobre miserable. Por el contrario, los pobres y los hambrientos, tienen ventaja porque están más dispuestos a acoger la nueva realidad, no temen el cambio; tienen el corazón preparado. El cambio radical cantado por María es del mismo tipo —decía— que el proclamado por Jesús en las bienaventuranzas y en la parábola del rico epulón.
María habla de riqueza y pobreza a partir de Dios; una vez más, habla coram Deo, toma como medida a Dios, no al hombre. Establece el criterio «definitivo», escatológico. Decir, pues, que se trata de un cambio que ha tenido lugar «en la fe», no significa decir que es menos real y radical, menos serio, sino que lo es infinitamente más. Esto no es un dibujo creado por la ola en la arena del mar y que es borrado por la ola siguiente. Se trata de una riqueza eterna y de una pobreza igualmente eterna.
El Magníficat, escuela de evangelización
San Ireneo, comentando la Anunciación, dice que «María, llena de júbilo, gritó proféticamente en nombre de la Iglesia: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”…» . María es como la voz solista que entona en primer lugar un aria que después debe ser repetida por el coro. Esto quiere decir la expresión «María es figura de la Iglesia» (typus ecclesiae), usada por los padres y acogida por el Concilio Vaticano II . Decir que María es «figura de la Iglesia» significa decir que es su personificación, la representación en forma sensible de una realidad espiritual; significa decir que es modelo de la Iglesia. Ella es figura de la Iglesia también en el sentido de que en su persona se realiza, desde el principio y de manera perfecta, la idea de Iglesia; que ella constituye, bajo la cabeza que es Cristo, su miembro principal y su primicia.
Pero ¿qué quiere decir aquí «Iglesia» y en lugar de qué Iglesia dice Ireneo que María entona el Magníficat? No en lugar de la Iglesia de nombre, sino de la Iglesia real; es decir, no de la Iglesia en abs¬tracto, sino de la Iglesia concreta, de las personas y de las almas que componen la Iglesia. El Magníficat no es sólo para recitarlo, sino para vivirlo, para que cada uno de nosotros lo haga propio; es «nuestro» cántico. Cuando decimos: «Proclama mi alma la grandeza del Señor», ese «mi» hay que tomarlo en sentido directo, no como una cita. «Que en todos esté —escribe san Ambrosio— el alma de María para glorificar al Señor; que en todos esté el espíritu de María para alegrarse en Dios… Porque si según la carne no hay más que una madre de Cristo, según la fe, todas las almas generan a Cristo; en efecto, cada una acoge en sí al Verbo de Dios» .
A la luz de estos principios, tratemos ahora de aplicar el cántico de María a nosotros mismos —a la Iglesia y a cada alma—, viendo qué debemos hacer para «asemejamos» a María no sólo en las palabras, sino también en los hechos
En la segunda parte, allí donde María proclama ese cambio radical de los potentes y de los soberbios, el Magníficat recuerda a la Iglesia cuál es el anuncio esencial que debe proclamar al mundo. Le enseña a ser también ella «profética». La Iglesia vive y realiza el cántico de la Virgen cuando repite con María: ¡Derribó a los potentados, despidió a los ricos sin nada!; y lo repite con fe, distinguiendo este anuncio del resto de pronunciamientos que también tiene derecho a hacer en materia de justicia, de paz y de orden social, en cuanto intérprete cualificada de la ley natural y depositaria del mandamiento de Cristo del amor fraterno.
Si las dos perspectivas son distintas, no están, sin embargo, separadas ni carecen de influjo recíproco. Por el contrario, el anuncio de fe de lo que Dios ha hecho en la historia de la salvación (que es la perspectiva en la que se sitúa el Magníficat) se convierte en la mejor indicación de lo que el hombre debe hacer, a su vez, en la propia historia humana; y, más aún, de lo que la Iglesia misma tiene la tarea de realizar, en virtud de la caridad que debe tener también hacia el rico, de cara a su salvación. Más que una «incitación a derribar a los poderosos de sus tronos para ensalzar a los humildes», el Magníficat es una saludable admonición dirigida a los ricos y a los poderosos acerca del tremendo peligro que corren, igual que en las intenciones de Jesús lo será la parábola del rico epulón.
El modo en que el Magníficat afronta el problema no es el único, hoy tan sentido, de riqueza y pobreza, hambre y saciedad; hay también otros modos legítimos que parten de la historia y no de la fe, y a los cuales, justamente, los cristianos ofrecen su apoyo y la Iglesia su discernimiento. Pero este modo evangélico es el que la Iglesia debe pro¬clamar siempre y a todos como su mandato específico y con el que debe sostener el esfuerzo común de todos los hombres de buena vo¬luntad. Es universalmente válido y siempre actual. Si como hipótesis (¡remota, por desgracia!) se dieran un tiempo y un lugar en el que ya no hubieran injusticias y desigualdades sociales entre los hombres, sino que todos fueran ricos y estuvieran saciados, no por esto la Iglesia debería cesar de proclamar, con Mana, que Dios despide a los ricos con las manos vacías. Más aún, allí debería proclamarlo con mayor fuerza todavía. El Magníficat es actual en los países ricos, no menos que en los países del tercer mundo.
Existen planos y aspectos de la realidad que no se captan a primera vista, sino sólo con el auxilio de una luz especial: con rayos infrarrojos o con rayos ultravioletas. La imagen obtenida con esta luz especial es muy distinta y sorprendente para quien está acostumbrado a ver ese mismo panorama con luz natural. La Iglesia posee, gracias a la palabra de Dios, una imagen distinta de la realidad del mundo, la única definitiva, porque se obtiene con la luz de Dios y porque es la misma que Dios tiene. La Iglesia no puede ocultar dicha imagen. Es más, debe difundirla sin cansarse nunca, darla a conocer a los hombres, porque va en ella su propio destino eterno. Es la imagen que quedará al final, cuando haya pasado «la imagen de este mundo». Darla a conocer, a veces, con palabras sencillas, directas y proféticas, como las de María, como se dicen las cosas de las que se está íntima y firmemente persuadido. Y esto, a costa de parecer ingenua y fuera del mundo, frente a la opinión dominante y al espíritu del tiempo.
El Apocalipsis nos da un ejemplo de este lenguaje profético, directo y valiente, en el que la verdad divina se contrapone a la opinión humana: «Tú dices» (y este «tú» puede ser una persona concreta o una sociedad entera): «Soy rico, me he enriquecido; nada me falta». Y no te das cuenta de que tú eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo» (Ap 3,17). En una célebre fábula de Andersen, se habla de un rey al que unos timadores hacen creer que existía una tela maravillosa que tenía la propiedad de hacerse invisible a los ojos de los estúpidos y necios, y visible sólo a los sabios. Él el primero, naturalmente, no la ve, pero tiene miedo de decirlo, por temor a pasar por uno de esos necios y así hacen también todos sus ministros y el resto del pueblo. El rey desfila por las calles sin nada encima, pero todos, para no delatarse, fingen admirar su bellísimo vestido, hasta que se oye la vocecilla de un niño que grita entre la multitud: ¡«Pero si el rey está des¬nudo!», rompiendo el encanto, y todos, finalmente, tienen el valor de admitir que aquel famoso vestido no existe.
La Iglesia debe ser como la vocecilla de aquel niño, que se dirige a ese mundo que está orgu-lloso de sus propias riquezas y que induce a considerar necio y estúpido a quien demuestra que no creer en ellas, repitiendo con las palabras del Apocalipsis: «¡No te das cuenta de que estás desnudo!» Vemos aquí cómo María, en el Magníficat, «habla proféticamente para la Iglesia»: ella, en primer lugar, partiendo de Dios, ha pues al descubierto la gran pobreza de la riqueza de este mundo. El Magnificat justifica en pleno el título de “Estrella de la evangelización” que san Pablo VI atribuye a la Virgen en su carta “Evangelii nuntiandi”.
l Magnificat, escuela de conversión
No obstante, sería malinterpretar completamente esta parte del Magníficat que habla de los soberbios y de los humildes, de los ricos y de los hambrientos, si la re¬legáramos sólo al ámbito de las cosas que la Iglesia y el creyente deben predicar en el mundo. Aquí no se trata de algo que se debe sólo predicar, sino de algo que se debe, ante todo, practicar. María puede proclamar la bienaventuranza de los humildes y de los pobres, porque ella misma está entre los humildes y los pobres. El cambio radical manifestado por ella debe suceder ante todo en la intimidad de quien repite el Magníficat y ora con él. Dios —dice María— dispersó a los soberbios «en su propio corazón». De golpe, el discurso es trasladado de afuera hacia dentro; de las discusiones teológicas en las que todos tienen razón, a los pensamientos del corazón, en donde todos nos equivocamos. El hombre que vive «para sí mismo», cuyo Dios no es el Señor, sino el propio «yo», es un hombre que se ha construido un trono y se sienta en él dictando leyes a los demás. Ahora bien Dios —dice María— derriba a éstos de sus tronos; pone en evidencia su noverdad e injusticia. Existe un mundo interior, hecho de pensamientos, voluntad, deseos y pasiones, del cual —dice Santiago— provienen las guerras y las contiendas, las injusticias y los abusos que hay entre nosotros (cf. Sant 4,1) y hasta que nadie empiece a sanear esta raíz, nada cambiará verdaderamente en el mundo, y si algo cambia es para reproducir, en breve, la misma situación anterior.
¡Cómo nos toca de cerca el cántico de María, cómo nos escruta a fondo y cómo pone de verdad «el hacha en la raíz». Qué estupidez e incoherencia sería la mía, si cada día, en las Vísperas, repitiera, con María, que Dios «ha derribado a los poderosos de sus tronos» y mientras continuara anhelando el poder, un puesto más alto, una promoción humana, un progreso profesional y perdiera la paz si tardara en llegar; si cada día proclamara con María que Dios «ha rechazado a los ricos con las manos vacías» y entre tanto anhelase sin descanso enriquecerme y poseer cada vez más cosas y cosas más refinadas; si prefiriera estar con las manos vacías delante Dios, antes que tener las manos vacías ante el mundo, vacías de los bienes de Dios, en lugar de vacías de los bienes de este mundo. Qué estupidez sería la mía si continuara repitiendo con María que Dios «mira a los humildes», que se acerca a ellos, mientras mantiene a distancia a los soberbios y a los ricos de todo, y después yo fuera de los que hacen exactamente lo contrario.
«Todos los días —escribe Lutero comentando el Magníficat— debemos constatar que cada uno se esfuerza por elevarse por en¬cima de sí mismo, a una posición de honor, de poder, de riqueza, de dominio, a una vida acomodada y a todo aquello que es grande y soberbio. Y cualquiera quiere estar con dichas personas, corre tras ellas, les sirve con gusto, cualquiera desea participar de su grandeza… Nadie quiere mirar hacia abajo, donde hay pobreza, oprobio, necesidad, aflicción y angustia; más aún, todos apartan la vista ante una condición semejante. Normalmente se evita a este tipo de personas, se las esquiva, se las deja solas, nadie piensa en ayudarlas, ni en asistirlas o en hacer que también ellas puedan llegar a ser algo: deben permanecer debajo y ser despreciadas».
Dios —dice María— hace lo contrario de esto: mantiene a distancia a los soberbios y eleva hasta sí a los humildes y pequeños; está más a gusto con los hambrientos y necesitados que le importunan con sus súplicas y peticiones que con los ricos y saciados que no tienen necesidad de él ni le piden nada. Al obrar de este modo, María nos exhorta, con dulzura materna, a imitar a Dios, a hacer nuestra su opción. Nos enseña los caminos de Dios. El Magníficat es verdaderamente una escuela maravillosa de sabiduría evangélica. Una escuela de conversión continua.
Por la comunión de los santos en el cuerpo místico, todo este inmenso patrimonio se une ahora al Magníficat. Es bueno rezarlo así, en coro, con todos los orantes de la Iglesia. Dios lo escucha así. Para entrar en este coro que trasciende los siglos, basta con que nosotros tratemos de presentar de nuevo ante Dios los sentimientos y elevación de María que fue la primera en entonarlo «en nombre de la Iglesia», de los doctores que lo comentaron, de los artistas que lo musicalizaron con fe, de los piadosos y de los humildes de corazón que lo vivieron. Gracias a este maravilloso cántico, María continúa glorificando al Señor durante todas las generaciones; su voz, como la de un corifeo, sostiene y arrastra a la de la Iglesia.
Un orante del salterio invita a todos a unirse a él, diciendo: «Alabad al Señor conmigo» (Sal 34,4). María repite a sus hijos las mismas palabras. Si puedo atreverme a interpretar sus sentimientos, pienso que también el Santo Padre, en el día de su Jubileo sacerdotal, nos dirige la misma invitación: “!Alabad al Señor conmigo! Y nosotros prometemos de hacerlo.
Traducción de Pablo Cervera Barranco
1.H. SCHÜRMANN, Das Lukasevangelium, I (Friburgo i. B. 1982).
2.Cf. S. AGUSTÍN, Confesiones, VII, 16; XI, 9.
3.S. BUENAVENTURA, Lignum vitae, I, 3: trad. esp. Obras Completas (BAC, Madrid 1949).
4.H. SCHÜRMANN, O.c.
5.SAN IRENEO, Adv. Haer., III, 10, 2: SCh 211,118.
6.Lumen gentium, 63.
7.S. AMBROSIO, In Luc., II, 26: CCL, 14,42.

12 diciembre 2015

La llamada universal de los cristianos a la santidad. LUMEN GENTIUM



Segunda predicación


Hemos entrado, hace poco días, en el 50 aniversario de la conclusión del Concilio Vaticano II y en el año jubilar de la misericordia. El vínculo entre el tema de la misericordia y el concilio Vaticano II no es ciertamente arbitrario ni secundario. En el discurso de apertura, el 11 de octubre de 1962, san Juan XXIII señaló la misericordia como la novedad y el estilo del concilio: “Siempre la Iglesia –escribía– se opuso a los errores. Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que la de la severidad” . En cierto sentido, a medio siglo de distancia, el año de la misericordia celebra la fidelidad de la Iglesia a aquella promesa.


1. “Sean santos porque yo, vuestro Dios soy santo”

El tema de esta segunda meditación de Adviento es el capítulo V de la Lumen Gentium, que lleva por título: “La vocación universal a la santidad en la Iglesia”. En las historias del Concilio este capítulo es recordado solo, digamos, por una cuestión de redacción. Los numerosos padres conciliares miembros de órdenes religiosas pidieron con insistencia que se tratara a parte la presencia de los religiosos en la Iglesia, como se había hecho con los laicos. De esta manera aquello que había sido un capítulo único sobre la santidad de todos los miembros de la Iglesia, se dividió en dos capítulos, de los cuales el segundo (VI de la LG), dedicado específicamente a los religiosos .

El llamado a la santidad está formulado desde el inicio con estas palabras:

“Todos en la Iglesia, sea que pertenezcan a la Jerarquía, sea que sean dirigidos por ella, están llamados a la santidad, de acuerdo a cuanto dijo el apóstol: ‘Ésta es de hecho la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Ts 4,3)” .

Este llamado a la santidad es el complimiento más necesario y más urgente del Concilio. Sin esto, todas las demás realizaciones son imposibles o inútiles. Esto en cambio es lo que corre el riesgo de ser más descuidado, desde el momento que a exigirlo y reclamarlo es solamente Dios y la conciencia y no en cambio presiones o intereses de grupos humanos particulares de la Iglesia. A veces se tiene la impresión que en ciertos ambientes y en ciertas familias religiosas, después del Concilio, se haya puesto más empeño en el “hacer santos” que en “hacerse santos”, o sea más esfuerzo para elevar a los altares a los propios fundadores o hermanos, que imitar sus ejemplos de virtud.

La primera cosa que es necesario hacer cuando se habla de santidad, es liberar a esta palabra del temor y del miedo que infunde, a causa de ciertas representaciones erróneas que tenemos de ella. La santidad puede comportar fenómenos y pruebas extraordinarias, pero no se identifica con estas cosas. Si todos están llamados a la santidad es porque la misma entendida correctamente está al alcance de todos, hace parte de la normalidad de la vida cristiana. Los santos son como flores: no existen solamente las que se ponen en el altar. ¡Cuantos de éstos florecen y mueren escondidos, después de haber perfumado silenciosamente el aire a su entorno! ¡Cuantos de estas flores escondidas florecieron y florecen continuamente en la Iglesia!

El motivo de fondo de la santidad es claro desde el inicio y es que Dios es santo: “Sean santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo” (Lev 19, 2). La santidad es la síntesis, en la Biblia, de todas las atribuciones de Dios. Isaías llama a Dios “el Santo de Israel”, o sea aquel que Israel ha conocido como Santo. “Santo, santo, santo”, Qadosh, qadosh, qadosh, es el grito que acompaña la manifestación de Dios en el momento de su llamada (Is 6, 3). María refleja fielmente esta idea del Dios de los profetas y de los salmos cuando exclama en el Magníficat: “Santo es su nombre”.

Por lo que se refiere al concepto de santidad, el término bíblico qadosh sugiere la idea de separación, de diversidad. Dios es santo porque es el totalmente otro respecto a todo lo que el hombre puede pensar, decir o hacer. Es lo absoluto, en el sentido etimológico de ab-solutus, suelto de todo el resto y aparte. Es lo transcendente en el sentido que está arriba de todas nuestras categorías. Todo esto en sentido moral, antes que metafísico; se refiere al actuar de Dios más que a su ser. En la Escritura están definidos “santos” sobre todo los juicios de Dios, su obras y sus vías .

Santo no es entretanto un concepto principalmente negativo, que indica separación, ausencia de mal y de mezcla en Dios; es un concepto sumamente positivo. Indica “pura plenitud”. En nosotros, la “plenitud” nunca coincide totalmente con la “pureza”. Una cosa contradice la otra. Nuestra pureza se obtiene siempre purificándose y quitando el mal de nuestras acciones (Is 1, 16). En Dios no; pureza y plenitud coexisten y constituyen juntos la suma simplicidad de Dios. La Biblia expresa a la perfección esta idea de santidad cuando dice que a Dios “nada puede serle añadido ni nada quitado” (Sir 42, 21). Dado que es suma pureza, nada tiene que quitársele ; en cuanto es la suma plenitud, nada se le puede añadir.

Cuando se intenta ver como el hombre entra en la esfera de la santidad de Dios y lo que significa ser santo, en el Antiguo Testamento aparece enseguida que prevalece la idea ritual. Los trámites de la santidad de Dios son objetos, lugares, ritos, prescripciones. Enteras partes del Éxodo y del Levítico son tituladas “códigos de santidad” o “ley de santidad”. La santidad está encerrada en un código de leyes. Esta santidad es tal que es profanada si uno se acerca al altar con una deformación física o después de haber tocado un animal inmundo: “Santifíquense y sean santos…; no se contaminen con alguno de éstos animales” (Lv 11, 44; 21, 23).

Se leen voces en los diversos profetas y en los salmos. A la pregunta: ¿Quién subirá al monte del Señor, quién estará en su lugar santo?”, o “¿Quién de nosotros puede habitar en un fuego devorador?, se responde con indicaciones de naturaleza moral y espiritual: “Quien tiene manos inocente y corazón puro”, y “quien camina en la justicia y habla con lealtad” (cf. Sal 24, 3; Is 33, 14 s.).

Son voces sublimes pero que se quedan bastante aisladas. Aún en el tiempo de Jesús, entre los fariseos y en Qumran, prevalece la idea de que la santidad y la justicia consisten en la pureza ritual y en la observancia de ciertos preceptos, en particular el del sábado, aunque en teoría, nadie se olvida que el primero y el más grande de los mandamientos es el del amor de Dios y del prójimo.


2. La novedad de Cristo

Pasando ahora al Nuevo Testamento, vemos que la definición de “nación santa” se extiende rápidamente a los cristianos. Para Pablo los bautizados son “santos por vocación” o “llamados a ser santos” . Él llama habitualmente a los bautizados con el término “los santos”. Los creyentes son “elegidos para ser santos e inmaculados ante su presencia en la caridad (Ef 1, 4)”.

Pero bajo la aparente identidad de terminología asistimos a cambios profundos. Santidad no es más un hecho ritual o legal, sino moral o más aún, ontológico. No reside en las manos sino en el corazón; no se decide afuera, sino adentro del hombre y se resume en la caridad. “No lo es lo que entra en la boca del hombre que lo vuelve impuro; es lo que sale de la boca, esto vuelve impuro al hombre”. (Mt 15, 11).

Los mediadores de la santidad de Dios no son más lugares (el Templo de Jerusalén o el Monte Gerizim), ritos, objetos y leyes, sino una persona, Jesucristo. Ser santo no consiste tanto en estar separado de esto o de aquello, sino a estar unidos a Jesucristo. En Jesucristo se encuentra la santidad misma de Dios que nos llega personalmente, no un su lejano eco. “¡Tu eres el Santo de Dios!”: dos veces resuena esta exclamación dirigida a Jesús en los evangelios (Jn 6, 69; Lc 4, 34). El Apocalipsis llama a Cristo simplemente “el Santo” y la liturgia le hace eco exclamando en el Gloria: “Tu solus Sanctus”, solamente tú eres el Santo.

De dos maneras diversas nosotros entramos con la santidad de Cristo y esa se comunica con nosotros: por apropiación y por imitación. De éstos el más importante es el primero que se obtiene en la fe y mediante los sacramentos. La santidad es antes que todo un don, gracia y obra de toda la Trinidad. Porque, según la afirmación del Apóstol, nosotros pertenecemos a Cristo más que a nosotros mismos (cf.1 Cor 6, 19-20), como consecuencia inversa, la santidad de Cristo nos pertenece más que nuestra misma santidad. “Lo que es de Cristo -escribe el teólogo bizantino Nicolás Cabasilas- es más nuestro de aquello que tenemos de nosotros” . Es éste el vuelo o el golpe de audacia que deberíamos realizar en nuestra vida espiritual. Esto es un paso que no se hace muy amenudo en el noviciado sino más tarde, cuando se han probado todos los otros caminos y se ha visto que no llevan muy lejos.

Pablo nos enseña cómo se hace este “golpe de audacia”, cuando declara solemnemente de no querer ser encontrado con una justicia suya, o santidad que derive de la observancia de la ley, sino únicamente con aquella de deriva de la fe en Cristo (cf. Fil 3, 5-10). Cristo, dice, se ha vuelto para nosotros “justicia, santificación y redención” (1 Cor 1,30). “Para nosotros”: por lo tanto podemos reclamar su santidad como nuestra para todos los efectos. Un golpe de audacia es también el que hace san Bernardo cuando grita: “Yo, lo que me falta me lo apropio (¡literalmente, lo usurpo!) del costado de Cristo” . “Usurpar” la santidad de Cristo, “secuestrar el reino de los cielos”. Este es un golpe de audacia que es necesario repetir con frecuencia en la vida, especialmente en el momento de la comunión eucarística.

Decir que nosotros participamos de la santidad de Cristo, es como decir que participamos del Espíritu Santo que viene de él. Ser o vivir “en Cristo Jesús” equivale para san Pablo, a ser o vivir “en el Espíritu Santo”. “De esto -escribe también san Juan- se conoce que nosotros permanecemos en él y él en nosotros: él nos ha hecho don de su Espíritu” (1 Jn 4,13). Cristo se queda en nosotros y nosotros permanecemos en Cristo, gracias al Espíritu Santo.

Es el Espíritu Santo por lo tanto quien nos santifica. No el Espíritu Santo en general, sino el Espíritu Santo que estaba en Jesús de Nazaret, que santificó su humanidad, que se recogió en él como en un vaso de alabastro y que, desde su cruz en pentecostés, él difundió en su Iglesia. Por esto, la santidad que está en nosotros no es una segunda y diversa santidad, sino la misma santidad de Cristo. Nosotros somos verdaderamente “santificados en Cristo Jesús” (l Cor 1,2). Como en el bautismo, el cuerpo del hombre está sumergido y lavado en el agua, así su alma está, por así decir, bautizada en la santidad de Cristo: “Han sido lavados y están santificados, han sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios”, dice el apóstol refiriéndose al bautismo (1 Cor 6,11).

Al lado de este medio fundamental de la fe y de los sacramentos, tienen que encontrar lugar también la imitación, las obras, el esfuerzo personal. No como medio separado o diverso, sino como el único medio adecuado de manifestar la fe, traduciéndola en actos. La oposición fe-obras, es un falso problema, tenido en pie más que todo por la polémica histórica. Las buenas obras sin la fe no son obras ‘buenas’ y la fe sin las obras buenas no es verdadera fe. Basta que por “obras buenas” no se entiendan principalmente (como lamentablemente sucedía al tiempo de Lutero) indulgencias, peregrinaciones a pie y prácticas, sino la observancia de los mandamientos, en particular el del amor fraterno. Jesús dice que en el juicio final algunos serán excluidos del Reino por no haber vestido al desnudo y dado de comer al hambriento. No somos por lo tanto justificados por nuestras obras buenas, pero no nos salvamos sin nuestras obras buenas. Podemos reasumir así la doctrina del Concilio de Trento.

Sucede como en la vida física. El niño no puede hacer absolutamente nada para ser concebido en el seno de la madre; necesita del amor de dos padres (¡al menos así ha sido hasta ahora!). Pero una vez que ha nacido, debe poner a trabajar sus pulmones para respirar, mamar la leche; es decir, debe ponerse a trabajar porque si no la vida que ha recibido muero. La frase de Santiago: “La fe, sin la obra está muerta” (cf. St. 3, 26) se de entender en sentido presente: la fe sin las obras muere.

En el Nuevo Testamento dos verbos se alternan a propósito de la santidad, uno en indicativo y otro en imperativo: “Sois santos”, “Sed santos”. Los cristianos son santificados y santificandos. Cuando Pablo escribe: “Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación”, es claro que pretende precisamente esta santidad que es fruto de compromiso personal. Añade, como para explicar en qué consiste la santificación de la que está hablando: “que se abstengan del pecado carnal, que cada uno sepa usar de su cuerpo con santidad y respeto” (cf. 1 Ts 4, 3-9).

Nuestro texto de la Lumen Gentium subraya claramente estos dos aspectos, uno objetivo y otro subjetivo, de la santidad, basados respectivamente sobre la fe y las obras. Dice:

“Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron” .

Porque, según Lutero, la Edad Media se había desviado cada vez más en el acentuar el lado de Cristo como modelo, él acentuó el otro lado, afirmando que él es don y que este don toca a la fe aceptarlo”. Hoy estamos todos de acuerdo de que no se deben contraponer las dos cosas, sino mantenerlas unidas. Cristo es sobre todo don para recibir mediante la fe, pero es también modelo a imitar en la vida. Lo inculca el mismo Evangelio: “Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes” (Jn 13, 15); “Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón” (Mt 11, 29).


3. Santos o fracasados

Esto, el nuevo ideal de santidad del Nuevo Testamento. Un punto permanece inmóvil, e incluso se profundiza, en el paso del Antiguo al Nuevo Testamento y es la motivación de fondo de la llamada a la santidad, el “porqué” es necesario ser santos: porque Dios es santo. “A imagen del Santo que os ha llamado, sed santos vosotros también”. Los discípulos de Cristo deben amar a los enemigos, “porque él hace caer la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 45). La santidad no es por tanto una imposición, una carga que se nos pone en los hombros, sino un privilegio, un don, un gran honor. Una obligación, sí, pero que deriva de nuestra dignidad de los hijos de Dios. Se aplica a esto, en sentido pleno, el dicho francés “noblesse oblige”.

La santidad se exige desde el ser mismo de la criatura humana; no tiene que ver con los accidentes, sino con su misma esencia. Él debe ser santo para realizar su identidad profunda que es ser “a imagen y semejanza de Dios”. Para la Escritura, el hombre no es principalmente, como para la filosofía griega, lo que está determinado a ser desde su nacimiento (physis), y es decir un “animal racional”, como cuando lo que está llamado a convertirse, con el ejercicio de su libertad, en la obediencia a Dios. No es tanto naturaleza, como vocación.

Por lo tanto, si estamos “llamados a ser santos”, si somos “santos por vocación”, entonces es claro que seremos personas verdaderas, logradas, en la medida en la que seremos santos. De lo contrario, seremos fracasados. Lo contrario de santo no es pecador, ¡sino fracasado! Se pueda fallar en la vida de muchas formas, pero son fracasos relativos que no comprometen lo esencial; aquí se fracasa radicalmente, en lo que uno es, no solo en lo que uno hace. Tenía razón Madre Teresa cuando una periodista le preguntó a quemarropa qué se sentía al ser aclamada santa por todo el mundo, respondió: “La santidad no es un lujo, es una necesidad”.

El filósofo Pascal ha formulado el principio de los tres órdenes o niveles de grandeza: el orden de los cuerpos o de la materia, el orden de la inteligencia y el orden de la santidad. Una distancia casi infinita separa el orden de la inteligencia del las cosas materiales, pero una distancia “infinitamente más infinita” separa el orden de la santidad del de la inteligencia. Los genes no necesitan de las grandezas materiales; estas no pueden quitar ni añadir nada. Del mismo modo, los santos no necesitan las grandezas intelectuales; su grandeza se coloca en un plano diferente. “Estos son vistos por Dios y los ángeles, no por los cuerpos y las mentes curiosas; a ellos les basta Dios” .

Este principio permite valorar de la forma justa las cosas y las personas que nos rodean. La mayoría de la gente permanece quieta en el primer nivel y ni siquiera sospecha de la existencia de un plano superior. Son los que pasan la vida preocupados solo por acumular riquezas, cultivar la belleza física, o hacer crecer el propio poder. Otros creen que el valor supremo y el vértice de la grandeza sea el de la inteligencia. Tratan de convertirse en celebridades en el campo de las letras, del arte, del pensamiento. Solo pocos saben que existe un tercer nivel de grandeza, la santidad.

Esta grandeza es superior porque es eterna, porque es tal a los ojos de Dios que es la verdadera medida de la grandeza y también porque realiza lo que hay de más noble en el ser humano, es decir, su libertad. No depende de nosotros ser fuertes o débiles, guapos o menos guapos, ricos o pobres, inteligentes o menos inteligentes; depende sin embargo de nosotros ser honestos o deshonestos, buenos o malos, santos o pecadores. Tenía razón el músico Gounod, un genio, cuando decía que “una gota de santidad vale más que un océano de genio”.

La buena noticia, acerca de la santidad, es que no estamos obligados a elegir entre uno de estos tres géneros de grandeza. Se puede ser santos en cada uno de ellos. Ha habido santos, y hay santos, entre los ricos y entre los pobres, entre los fuertes y entre los débiles entre los genios y las personas sin cultura. Nadie está excluido de esta grandeza del tercer nivel.


4. Retomar camino hacia la santidad

Nuestro tender a la santidad se parece al camino del pueblo elegido en el desierto. Es también un camino hecho de continuas paradas y comienzos de nuevo. De vez en cuando el pueblo se paraba y montaba las tiendas; o porque estaba cansado, o porque había encontrado el agua y la comida, o simplemente porque es cansado caminar siempre. Pero aquí llega, de repente, la orden del Señor a Moisés de levantar las tiendas y retomar el camino: “Levántate, sal de aquí, tú y tu pueblo, hacia la tierra prometida” (Es 33:1; 17:1).

En la vida de la Iglesia, estas invitaciones a retomar el camino se escuchan sobre todo en el inicio de los tiempos fuertes del año litúrgico o en ocasiones particulares como es el Jubileo de la Misericordia divina. Para cada uno de nosotros, tomados individualmente, el tiempo de levantar las tiendas y retomar el camino hacia la santidad, es cuando percibimos en la intimidad la misteriosa llamada que viene de la gracia.

Al inicio, hay como un momento de pausa. Uno se detienen en la vorágine de las propias preocupaciones, toma, como se dice, las distancias de todo para mirar su vida casi desde fuera y desde lo alto, sub specie aeternitatis. Surgen entonces las grandes preguntas: “¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Qué estoy haciendo con mi vida?”

A pesar de que era un monje, san Bernardo tuvo una vida muy movida: concilios de presidir, obispos y abades que reconciliar, cruzadas que predicar. De vez en cuando, dice su biógrafo, él se paraba y, casi entrando en diálogo consigo mismo, se preguntaba: “Bernardo, ¿a qué has venido?” (Bernarde, ad quid venisti? .

¿Para qué has dejado el mundo y has entrado en el monasterio? Nosotros podemos imitarlo; pronunciar nuestro nombre (también esto sirve) y preguntarnos: ¿Por qué eres cristiano? ¿Por qué eres religioso, sacerdote u obispo? ¿Estás haciendo aquello para lo que estás en el mundo?

En el Nuevo Testamento está descrita un tipo de conversión que podremos definir la conversión-despertar, o la conversión de la tibieza. En el Apocalipsis se leen siete cartas escritas a los ángeles (según algunos exégetas a los obispos) de otro tantas iglesias en Asia Menor. En la carta al ángel de Éfeso, él comienza con el reconocer lo que es el destinatario ha hecho bien: “Conozco tus obras, tus trabajos y tu constancia… Sé que tienes constancia y que has sufrido mucho por mi Nombre sin desfallecer”. Después pasa a enumerar lo que, sin embargo, le disgusta: “hayas dejado enfriar el amor que tenías al comienzo”. Y aquí, en este punto, resuena como una trompeta en el sueño, el grito del Resucitado: Metanòeson, es decir, ¡conviértete! ¡sacúdete! ¡despiértate! (Ap 2, l ss.).

Esta es la primera de las siete cartas. Mucho más severa es la última, la dirigida al ángel de la Iglesia de Laodicea: “Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Conviértete y vuelve a ser celante y ferviente: Zeleue oun kai metanòeson! (Ap 3,15ss.). También esta, como todas las otras, termina con esa misteriosa advertencia: “El que pueda entender, que entienda lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 3,22).

San Agustín nos da una sugerencia: comenzar a despertar en nosotros un deseo de santidad: “Toda la vida del buen cristiano -escribe- consiste en un santo deseo [es decir, en un deseo de santidad]: Tota vita christiani boni, sanctum desiderium est”6. Jesús ha dicho: “Beatos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mt 5, 6). La justicia bíblica, se sabe, es la santidad. Nos vamos por tanto con una pregunta sobre la que meditar en este tiempo de Adviento: “¿Yo tengo hambre y sed de santidad, o me estoy resignando a la mediocridad?”


1. Concilio Vaticano II. Constituciones. Decretos. Declaraciones. Legislación posconciliar. BAC, Madrid 1966, p. 949.

2. Cf. Storia del concilio Vaticano II, a cura di G. Alberigo, vol. IV, Bologna 1999, pp. 68 ss.

3. Lumen gentium, 40.

4. Cf. Dt 32,4; Dn 3, 27; Ap 16, 7.

5. Cf. Rom 1, 7 e 1 Cor 1, 2.

6. N. Cabasilas, Vita in Cristo IV, 6 (PG 150, 613).

7. S. Bernardo, Omelie sul Cantico, 61, 4-5 (PL 183, 1072).

8. Lumen gentium, 40.

9. B. Pascal, Pensieri 593.

10. Guglielmo di St. Thierry, Vita prima, I, 4 (PL 1