Páginas

17 febrero 2009

La adolescencia interminable

Javier Elzo/César Coca en El Ideal

Hace siglo y medio, la adolescencia no existía. De la niñez se pasaba directamente a la edad adulta. Hoy, la adolescencia, ese tiempo que transcurre entre la pubertad y la aceptación de que enalgún momento deberán asumirse responsabilidades y pensar en el futuro, es más larga que nunca. Tanto que en muchos casos se extiende desde los diez o los once años hasta bien pasados los veinte y no son pocos los adultos que se comportan como si aún estuvieran viviendo esa etapa.

«Hay una 'adolescentización' de nuestra sociedad, porque cada vez existe más gente que no piensa para nada en el futuro: sólo vive en el presente, haciendo lo que le apetece en cada momento y sin pensar en las consecuencias. Se vive al día en todos los sentidos. La crisis económica lo está sacando a la luz».
Lo explica el sociólogo Javier Elzo, catedrático en la Universidad de Deusto, que ha obtenido esa conclusión tras haber realizado decenas de encuestas en las últimas décadas. En su último libro, 'La voz de los adolescentes' (Editorial PPC), recoge sus opiniones para tratar de hallar los porqués de la manera de vivir de unos muchachos cuya existencia cotidiana está dominada por el consumo -con frecuencia abusivo- de alcohol, el sexo como un bien en sí mismo y un cierto distanciamiento entre la teoría de los valores que dicen asumir y la práctica de su defensa.

Elzo ha entrevistado a 272 muchachos de entre 16 y 18 años para que con sus palabras expliquen los datos fríos que aportan las encuestas. De esos testimonios se deduce, como explica el sociólogo, que la etapa de la adolescencia, que antes eran apenas tres o cuatro años, se está alargando a pasos agigantados. Elzo ve el origen de ello en el cambio familiar que se inicia con la Transición política y se acelera en la última década.

«Hay una incapacidad para manejar la situación por parte de unos padres que no están apenas en casa con sus hijos. Las leyes de dependencia que se están aprobando a nivel estatal y en las autonomías hablan de ancianos y discapacitados, pero no hablan de los niños». Un olvido que no se ha dado en otros países del entorno, donde la natalidad repuntó porque a los padres se les dio la posibilidad de estar un tiempo generoso con sus hijos, recuerda este catedrático. Ese tiempo es necesario para comunicarse con ellos y transmitirles unos valores cuya ausencia explica algunos comportamientos problemáticos de muchos jóvenes.

Uno de esos comportamientos es su propio desapego hacia la familia, un concepto que a muchos jóvenes les suena antiguo y «catolicón». Sin embargo, Elzo ha descubierto que, profundizando bajo las primeras opiniones, los muchachos que forman parte de familias que funcionan razonablemente bien están en general más satisfechos con su vida. Por eso, la proliferación de las rupturas matrimoniales está creándoles muchos problemas y termina por deteriorar entre los adolescentes la imagen de la familia como institución, explica. Y genera en ellos, añade, una notable dificultad para aceptar compromisos duraderos y asumir éxitos y fracasos, dolor y felicidad.

Sexo y afectos
Todo eso se relaciona con el sexo. Casi seis de cada diez adolescentes son partidarios de «hacer el amor siempre que apetezca», sin entrar en consideraciones sobre la fortaleza o la sinceridad de la relación. El libro recoge el testimonio de una
muchacha de 16 años, alumna de un centro religioso, que explica con crudeza su trayectoria: «Entre mis amigas y yo nos hemos follado a media ciudad. A veces competimos por ver quién es la más guarra», dice con desparpajo. Otros muchos reconocen que practican el sexo con frecuencia. No son pocos quienes consideran, pasado el tiempo, que habría sido mejor esperar. Una chica de 18 años se escandaliza de que algunos de sus compañeros hayan tenido sus primeras relaciones completas a los 12 ó 13. Unos cuantos aseguran que lo han hecho sólo cuando han estado seguros de sus sentimientos hacia la otra persona, pero sonmayoría quienes no hablan de afectos: basta con que ambos estén de acuerdo.

Esa disociación sexo-amor está relacionada también con un fenómeno que Elzo ha detectado pero que no se atreve a cuantificar: el del miedo al fracaso amoroso. «Hay quien no se empareja porque no encuentra a nadie al nivel de sus exigencias. Hemos confundido la felicidad con el placer, y eso nos lleva al fracaso».

Otro fenómeno emergente es el del muchacho con dificultades para relacionarse en la vida real que empieza a centrar sus amistades en el ámbito virtual. Son buenos estudiantes que al llegar a casa se encierran en su cuarto y dialogan con personas que no conocen a través del 'messenger' y comunidades como 'tuenti'. Paradójicamente, quienes son más reacios a quedar con sus amigos del colegio para charlar, pasear o beber en la calle, son quienes en mayor medida tienden a citarse con desconocidos. Una experiencia que muchas veces acaba en un desastre total. «Casi prefiero el botellón -con un cierto control- a esos encuentros con personas de las que en realidad no saben nada», advierte Elzo.

Alcohol y violencia
El botellón es otra de las referencias de los chicos de hoy. Muchos sostienen en el libro que beben «hasta coger un puntito», aunque en la gran mayoría de los casos reconocen que se han pasado más de una vez. Otros son más directos: «Bebemos hasta morirnos», dicen. La mayoría, sin embargo, asegura que cuando alguno se excede hay que llevarlo a casa -o al hospital- y eso les «estropea la noche».

La comparación entre el alcohol que consumen los jóvenes y el que ingiere la totalidad de la población española, en el contexto europeo, muestra, sin embargo, que estos beben proporcionalmente menos que sus padres, aunque lo hacen sólo en dos días y no repartido a lo largo de la semana.

Los adolescentes se definen como pacifistas, pero la persistencia de la violencia en la escuela no parece avalar en la práctica ese espíritu. Una violencia que se ejerce entre iguales y respecto de sus profesores, y se ha convertido en uno de los problemas más acuciantes hoy en las aulas.

«Una prueba del fracaso del sistema escolar es la dificultad de los profesores para mantener el orden. Durante años, se ha transigido con todo, y el resultado ahora es que sólo un gran profesor es capaz de hacer que sus alumnos lo respeten», dice Elzo, quien entiende que es muy difícil dar la vuelta a lo sucedido e implantar de nuevo un sistema que permita reconocer la autoridad del docente.

Lo explica con las orlas que vio en el pasillo de un colegio donde impartió una conferencia. En una de los años cincuenta, se leía: «Los alumnos del centro X a sus dignos profesores». En otra de los setenta: «Los alumnos a sus profesores». En los noventa: «Alumnos y profesores del centro X». En breve, asegura con una sonrisa, las orlas dirán: «Los profesores del centro X, a sus dignos alumnos». Así ha cambiado la escuela. Así son los adolescentes que hoy están en ella.

14 febrero 2009

Domingo 15 de febrero

Domingo Vi del tiempo ordinario
15 de febrero de 2009 (ciclo B, año impar)



Primera lectura
El leproso tendrá su morada fuera del campamento

Lectura del libro del Levítico (13, 1-2. 44-46)

El Señor dijo a Moisés y a Aarón:

«Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza.

El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: "¡Impuro, impuro!". Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.»

Palabra de Dios.

Salmo responsorial
Sal 31, 1-2. 5. 41 (R/. cf. 7)

R/. Tú eres mi refugio,
me rodeas de cantos de liberación.

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito. R/.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R/.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero. R/.

Segunda lectura
Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo

Lectura de la primera carta del apóstol San Pablo
a los Corintios (10, 31—11,1.)

Hermanos:

Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios.

No deis motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios, como yo, por mi parte, procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien sino el de la mayoría, para que se salven.

Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.

Palabra de Dios

Aleluya
Lc 7, 16

Un gran Profeta ha surgido entre nosotros.
Dios ha visitado a su pueblo.

EVANGELIO
La lepra se le quitó, y quedó limpio

+ Lectura del santo evangelio según San Marcos (1, 40-45)

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:

—«Si quieres, puedes limpiarme»

Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo:

—«Quiero: queda limpio.»

La lepra se le quité inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente:

—«No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación o que mandó

Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Palabra del Señor



COMENTARIO

Le desapareció la lepra
y quedó limpio

La Palabra de Dios que proclamamos hoy nos presenta a un leproso que, lleno de humildad, le pide a Jesús la curación de su terrible enfermedad. Jesús lo cura, y esta curación es un signo mesiánico, una prueba de que el Reino de Dios está presente entre los hombres. La actitud de Cristo describe su misericordia ante el dolor humano.


Hoy el pasaje evangélico narra la curación de un leproso y expresa con fuerza la intensidad de la relación entre Dios y el hombre, resumida en un estupendo diálogo: "Si quieres, puedes limpiarme", dice el leproso. "Quiero: queda limpio", le responde Jesús, tocándolo con la mano y curándolo de la lepra (Mc 1, 40-42). Vemos aquí, en cierto modo, concentrada toda la historia de la salvación: ese gesto de Jesús, que extiende la mano y toca el cuerpo llagado de la persona que lo invoca, manifiesta perfectamente la voluntad de Dios de sanar a su criatura caída, devolviéndole la vida "en abundancia" (Jn 10, 10), la vida eterna, plena, feliz.


Cristo es "la mano" de Dios tendida a la humanidad, para que pueda salir de las arenas movedizas de la enfermedad y de la muerte, apoyándose en la roca firme del amor divino (cf. Benedicto XVI, Angelus, 12-II-2006).


La vida de Jesús es una historia de rescate de los que viven en el dolor y la soledad. Jesús atiende el grito de soledad del leproso, se compadece de su situación, cura sus heridas y lo restituye a la comunidad. Jesús curó al leproso que se le acercó con fe total, confiada. Incluso como dispuesto a aceptar un "no". "Si quieres, puedes curarme...". La lepra era una enfermedad repugnante, se consideraba incurable y una maldición de Dios. Los leprosos se veían, así, sometidos a una marginación espantosa. Eran expulsados de la sociedad por contagiosos e impuros. Jesús rompe valientemente fronteras sociales y discriminatorias con su actitud ante el leproso. Jesús se encuentra con la persona, con el leproso: este encuentro con Jesús es lo que cura y salva.


Todos los tiempos tienen su "lepra" y sus enfermedades. En el nuestro están ahí y de forma bien clamorosa. ¿Quiénes son los "leprosos" de nuestros días? Las víctimas del aborto (que son ya marginados antes de nacer), los enfermos, los ancianos, los presos, los extranjeros, los drogadictos, los enfermos mentales, los que no encuentran sentido a su vida...


Frente a estas nuevas pobrezas, estamos llamados ser otros Jesús que rompamos las barreras de la marginación. Es el contraste entre Jesús cercano al que sufre y una sociedad que separa y discrimina, prescinde y condena. La sociedad que quiere olvidarse de Dios, acaba olvidándose del hombre, acaba destruyendo al mismo hombre. Jesús denuncia el pecado y atiende preferentemente a los seres marginados y los incorpora a la comunidad.


El pecado rompe la relación con Dios y es ruptura de la fraternidad humana. Luchar contra el pecado, buscar la reconciliación de todos los hombres con Dios es la mejor forma de romper los muros de la marginación. ¿Qué marginados que hay en tu entorno? ¿Qué puedes hacer tú por ellos?

Compromiso semanal

Trata de descubrir cuáles son los marginados que hay a tu alrededor. Piensa qué puedes hacer por ellos.

La Palabra del Señor, luz para cada día

1ª lectura: Levítico 13, 1-2. 44-46. El leproso vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.

En el texto la lepra no se considera desde el punto de vista sanitario, sino religioso y ritual, porque la lepra era signo del pecado. Aunque inocente, el Siervo de Yahvé presenta el aspecto de leproso al ser portador de los pecados de los hombres, que se ven curados a través de sus heridas (Is 53, 3-12). La curación de los leprosos será una de esas obras características de Jesús, que los evangelistas señalan como prueba y señal de la llegada de los tiempos mesiánicos: la curación de los leprosos indica que el Reino de Dios se ha hecho presente entre los hombres.

Salmo 31, 1-2. 5.11. Tú eres mi refugio: me rodeas de cantos de liberación.

El salmista ha experimentado la salvación con el perdón de sus propios pecados. La misericordia rodea a quien confía en el Señor. Él es el refugio que libra del peligro, Él quien nos rodea de cantos de liberación: a Él, pues, como los leprosos, confesaremos nuestra culpa y el perdonará nuestro pecado.

2ª lectura: 1 Corintios 10, 31-11, 1. Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.

San Pablo nos invita a dar a toda la existencia un valor sagrado practicando las acciones más triviales (comer, beber, trabajar) en el más alto nivel de preocupación religiosa (la gloria de Dios). Luego, la preocupación porque la vida cristiana sea un testimonio para los demás, y un precepto de caridad: procurar agradar a todos evitando el egoísmo, con la finalidad última de procurar la salvación de todos.

Evangelio: Marcos 1, 40-45. Le desapareció la lepra y quedó limpio.

Jesús curando al leproso revela al mundo que Dios está cerca de todos, incluso de los marginados y excluidos de la sociedad. Destaca el testimonio del enfermo curado y el efecto salvador producido en él: la acción de gracias. La acción de gracias del leproso, que consiste en dar a conocer el beneficio recibido, es un modo de vivir en el Reino y alabar al Padre.



CALENDARIO LITÚRGICO

Lunes 16Gn 4, 1-15.25 Caín atacó a su hermano Abel y lo mató.
Sal 49, 1.8.16-17.20-21 Ofrece al Señor un sacrificio de alabanza.
Mc 8, 11-13 ¿Por qué esta generación reclama un signo?
Revisa si "discutes" con Jesús
Martes 17
Fundadores de la orden de los Siervos de María
Gn 6, 5-8; 7,1-5.10 Borraré de la superficie de la tierra al hombre que he creado.
Sal 28, 1-3.9-10 El Señor bendice a su pueblo con la paz.
Mc 8, 14-21 Tened cuidado con la levadura de los fariseos y con la de Herodes.
Revisa si tienes actitudes hipócritas
Miércoles 18
San Pedro Damiani
Gn 8, 6-13.20-22 Miró Noé y vio que la superficie estaba seca.
Sal 115, 12-19 Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.
Mc 8, 22-26 El ciego quedó curado, y veía con toda claridad.
Intenta ser hoy una luz para los demás
Jueves 19Gn 9, 1-13 Pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra.
Sal 101, 16-23.29 El Señor, desde el cielo, se ha fijado en la tierra.
Mc 8, 27-33 Tú eres el Mesías.
Medita, ¿quién es Jesús para ti?
Viernes 20Gn 11, 1-9 Voy a bajar y a confundir su lengua.
Sal 32, 10-15 Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Mc 8, 34-38 El que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.
Medita, ¿qué actitud tienes ante la cruz?
Sábado 21He 11, 1-7 Por la fe sabemos que la palabra de Dios configuró el universo.
Sal 144, 2-5.10-11 Bendeciré tu nombre, Señor, por siempre.
Mc 9, 2-12 Se transfiguró delante de ellos.
Haz oración de confianza desde tu cruz
Domingo 22
7º del Tiempo Ordinario
Is 43, 18-19.21-22.24b-25 Yo, por mi cuenta, borraba tus crímenes.
Sal 40, 2-5.13-14 Sáname, Señor, porque he pecado contra tí.
2 Co 1, 18-22 En Jesús todo se ha convertido en un “sí”.
Mc 2, 1-12 El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.
Reza por tu familia y por la parroquia


11 febrero 2009

Las que cuidaron de Eluana


 Antes de que Eluana Englaro se convirtiera en un caso de encarnizamiento mediático y de choque político, antes de que fuera una bandera de unos o de otros sobre el fin de la vida, hubo personas que sin hacer declaraciones la cuidaron durante 14 años. Y ahora que se acusa a la Iglesia católica en Italia de querer “imponer” sus convicciones sobre el derecho a morir, no está de más recordar que durante todos estos años ha estado al cuidado de unas religiosas, las Hermanas de la Misericordia, en la clínica Beato Luigi Talamoni, en Lecco.

Por eso, entre la barahúnda de pronunciamientos de estos días, me ha parecido especialmente valioso el testimonio de sor Albina Corti, directora de la clínica donde vivió, antes de ser llevada a la clínica de Udine donde la dejaron morir. Sor Albina no habla de ideas ni de derechos, sino de una persona. “Eluana no es un caso, es una persona viva”, declaraba a la agencia ANSA el día después de que su padre se la llevase.

“Nos hemos quedado muy doloridas”, confesaba, al no poder atender ya a Eluana, a la que consideraban “de nuestra familia”. “No necesitaba nada, solo nuestro amor”. Solo con la alimentación, la hidratación y los cuidados de las religiosas se ha mantenido en vida durante esos 14 años.

Unos piensan que eso no es vida. Pero, como quien la ha visto de cerca tantos años, sor Albina Corti quería transmitir a los médicos de la clínica de Udine su impresión: “Quisiera decirles que la acaricien, que observen su respiración, que escuchen los latidos de su corazón, son tres elementos que les llevarán a amarla”. No tuvieron tiempo.

Las relaciones de las religiosas con el padre de Eluana han sido siempre de “respeto y cortesía” recíprocos. Pero el desenlace les ha dejado un mal sabor de boca. Varias veces las hermanas de la Misericordia le habían dicho: “si considera que su hija está muerta, déjenosla a nosotras”.

Ellas se ocuparon de Eluana con la dedicación que se presta a alguien de la familia. “En Navidad la llevamos a la capilla para la Misa”, recuerda sor Albina, sin pensar que pueden acusarla de “imponer” sus creencias. “La he saludado con un beso y le he dicho: no tengas miedo de lo que te sucederá. Estamos a tu lado. Y sobre todo está cerca de ti un Padre, que te acogerá en sus brazos y un día nos reencontraremos para compartir la alegría de estar juntas”.

Su padre de la tierra tenia otra idea sobre lo que era mejor para su hija, y hay que comprender también su dolor y su dura carga de 17 años con una hija en estado vegetativo. Casos tan extremos y prolongados como éste nunca son fáciles ni nítidos.

Pero lo que hace avanzar la civilización es el cuidado y el afecto que dispensan a los enfermos más débiles personas como las Hermanas de la Misericordia. Quizá porque les impulsa la misericordia, no solo los derechos.

Las instituciones sanitarias de la Iglesia católica proporcionan a muchos de estos pacientes el apoyo necesario para que vivan con dignidad y ánimo su enfermedad. Los “liquidadores”, que llegan al final para utilizar el caso como bandera del “derecho a la muerte digna”, serían más creíbles si hicieran algo positivo por estos enfermos en vida.

Firmado por Ignacio Aréchaga

Convenio Cáritas Ayuntamiento de Gandia



Visita la web de televisión de Gandia:


09 febrero 2009

Mensaje de Cuaresma 2009

Mensaje de Cuaresma 2009: Benedicto XVI invita a la práctica penitencial del ayuno, “que nos ayuda a superar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo''


Martes, 3 feb (RV).- Esta mañana ha tenido lugar en la oficina de prensa de la Santa Sede la presentación del mensaje del Santo Padre para la Cuaresma de este año 2009. Han intervenido en la misma el presidente del Pontificio Consejo Cor Unum, cardenal Paul Joseph Cordes y Josette Sheeran, directora ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas.

El Papa indica que este año, en su acostumbrado Mensaje cuaresmal, desea reflexionar especialmente, sobre el valor y el sentido del ayuno. Y en efecto subraya que la Cuaresma nos recuerda “los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública”. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar.

Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura, escribe Benedicto XVI, “el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido”. San Basilio observa que “el ayuno ya existía en el paraíso”. Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron un ayuno, como testimonio de su sinceridad.

También en el Nuevo Testamento, recuerda el Papa, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones, que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial. Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre. También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas.

“En nuestros días, -explica el Pontífice- parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. La Cuaresma -afirma el Santo Padre- podría ser una buena ocasión para retomar estas normas, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo.

Privarse del alimento material facilita una disposición interior a escuchar a Cristo. Con el ayuno y la oración permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios. Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos, dice el Papa. Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre. Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño.

Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, el Papa anima a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales, y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido. También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.

El ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. El ayuno tiene como último fin -señala el Papa-, ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios. Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo.

MENSAJE COMPLETO
¡Queridos hermanos y hermanas!


Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor - la oración, el ayuno y la limosna - para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos” (Pregón pascual). En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública.


Leemos en el Evangelio: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre” (Mt 4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.


Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio” (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que “el ayuno ya existía en el paraíso”, y “la primera orden en este sentido fue dada a Adán”. Por lo tanto, concluye: “El ‘no debes comer’ es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia” (cfr. Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar “para humillarnos - dijo - delante de nuestro Dios” (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: “A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos” (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.


En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te recompensará” (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de “no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal”, con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.


La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del “viejo Adán” y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: “El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica” (Sermo 43: PL 52, 320, 332).


En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no “vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos” (cfr. Cap. I). La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).


La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía “retorcidísima y enredadísima complicación de nudos” (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: “Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura” (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.


Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. Enc. Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.


Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: “Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia – Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención”.


Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr. Enc. Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”. Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.


Vaticano, 11 de diciembre de 2008