En las periferias del planeta, en este caso, y de la mano del propio Pontífice, en visita apostólica a un país nunca hollado por un Papa, ni siquiera por el Papa Viajero, Juan Pablo II: Myanmar, la antigua Birmania.
Infovaticana ha hecho un seguimiento exhaustivo del viaje, a cuyos puntos más señalados ha dedicado nueve noticias, y que ha estado marcado por la expectación en torno a una preocupación de Francisco que ya expresara hace meses en San Pedro: el destino de los Rohinyá (o Rohingya) una minoría musulmana perseguida y discriminada por la mayoría budista.
Hemos querido saber más de estos Rohinyá súbitamente convertidos en centro de interés mundial, topándonos con una historia bastante más compleja que la de una simple minoría inustamente maltratada. Los musulmanes de Rajín han sido, sí, víctimas, pero también verdugos de poblados budistas de la región; son atacados, es cierto, pero también atacan.
Son, en fin, una de las incontables minorías perseguidas en el mundo, de las que solo en la propia Birmania existen varias decenas, entre ellas algunas con fieles católicos como los Kachin, Karen, Chin o Shan.
Pero el Papa, si bien en su primer discurso ante la premio Nobel de la Paz y virtual primera ministra de Myanmar, Aung San Suu Kyi, optó por no citar a los Rohingya y referirse en general a las minorías perseguidas, los tuvo por verdadero eje de su viaje.
El Papa llamó a la comunidad internacional a tomar medidas ante la crisis de los rohinyás y se reunió con 16 refugiados rohingya en Bangladés; pero también pidió a líderes religiosos en Birmania construir “la paz y la unidad en la diferencia”; espresó su deseo de que el futuro de Myanmar sea la paz; les dijo a los obispos birmanos que “estamos llamados a ser una ‘Iglesia en salida” y, a un grupo de ordenandos, que“habéis sido escogidos de entre los hombres y puestos al servicio de ellos en las cosas de Dios”.
Pero Birmania no es la única periferia de la que nos hemos ocupado esta semana, igual que no todos los grupos musulmanes son minorías perseguidas, sino que hay sitios donde son todo lo contrario, perseguidores.
Lo son en Oriente Medio, por ejemplo, con comunidades cristianas que llevan allí bajo dominio musulmán desde los inicios del cristianismo, y que ahora están desapareciendo, como los caldeos. Su arzobispo de Erbil -capital de la región autónoma del Kurdistán iraquí- ha celebrado esta semana en Estados Unidos una misa por las víctimas del ISIS.
El Islam, como las periferias, llegan a Occidente, y así ha sido noticia esta semana que en un colegio de Londres el temario recoge la aseveración de que “el hombre puede pegar legítimamente a su mujer”, no hay que irse al territorio dominado por el ISIS para leer cosas así. Están ya en nuestras capitales más avanzadas y emblemáticas.
Ha sido también la semana de la disputa por el tesoro de Sijena entre la Cataluña y Aragón, en un momento más que delicado, una disputa en la que apenas se le ha dado voz a una instancia que tenía y tiene mucho que decir con respecto a estas joyas culturales: la Iglesia.
Y, naturalmente, se acerca la Navidad y con ella las habituales blasfemias y provocaciones a los creyentes por parte de los niños mimados de la cultura dominante.
Tal vez, quién sabe, todo es posible, todo esto sea indicio de que el fin está cerca. No lo descarta el Cardenal Edmundo Burke en una entrevista que recoge Infovaticana y en la que repasa las divisiones en la Iglesia, el silencio de la Santa Sede ante las Dubia y la confusión doctrinal, concluyendo que quizá “hayamos llegado al Fin de los Tiempos”.
Gabriel Ariza
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02 diciembre 2017
La Iglesia en las periferias, como nos pide el Papa.
25 noviembre 2017
El miedo hacia los migrantes.
“Los que fomentan el miedo hacia los migrantes, en ocasiones con fines políticos, en lugar de construir la paz siembran violencia, discriminación racial y xenofobia, que son fuente de gran preocupación para todos aquellos que se toman en serio la protección de cada ser humano”, ha dicho esta semana el Papa en su mensaje para la celebración de la LI Jornada Mundial de la Paz.
Y, bueno, claro, ¿quién puede estar a favor de quienes fomentan el miedo, mucho más hacia unos hermanos nuestros que vienen huyendo de unas condiciones peores, sino de verdaderas tragedias humanas? El Santo Padre nos recuerda esa común humanidad y esa caridad urgente que debe aplicar el cristiano hacia los más necesitados.
Pero si el Papa subraya lo que es de justicia que subraye el Vicario de Cristo, la caridad, no creo que sea irrespetuoso por nuestra parte puntualizar algunos aspectos de su mensaje. Por ejemplo, cuando dice que los inmigrantes “traen consigo la riqueza de su valentía, su capacidad, sus energías y sus aspiraciones, y por supuesto los tesoros de su propia cultura, enriqueciendo así la vida de las naciones que los acogen”.
Es seguramente cierto que muchos, quizá una mayoría, traen todo eso. Pero, quitando que a menudo en su “propia cultura” no hay solo “tesoros”, habría que suspender la fe en el Dogma del Pecado Original para pensar que solo traen eso. No creo que sea sensato, por huir de la demonización del inmigrante, caer en su idealización.
Esta semana recordábamos, por ejemplo, un ejemplo de esa “propia cultura” con la que llegan muchos de esos inmigrantes en su extremo más dramático, al anunciar la identificación de los cadáveres de los 21 cristianos degollados en Libia. El Obispo copto católico de Guiza en Egipto, Mons. Anba Antonios Aziz Mina, dijo que en el video las víctimas del ISIS “en el momento de su bárbara ejecución, repiten: ‘Señor Jesucristo”. De hecho, no pocos cristianos de Oriente Medio llegan a Occidente huyendo de una persecución que, para su horror, reencuentran en nuestras ciudades.
Ha sido semana de “otras culturas”, de encuentro y de choque. En lo primero, hemos tenido la reunión del Papa con representantes de la Iglesia Asiria en el Vaticano, quizá la confesión cristiana que más martirios está sufriendo en este momento.
Es sorprendente la entereza y vivencia extrema de la fe de esos cristianos en una persecución que, si hoy es sangrienta y violenta, ha sido también constante a lo largo de los siglos, desde la primera predicación de la fe en esas tierras. Sobre todo cuando se compara a la frivolidad doctrinal de las denominaciones europeas, como la Iglesia Sueca -luterana y oficial-, que ha prohibido referirse a Dios con los términos Él o Padre.
Suecia, es cierto, es un caso límite de inversión de valores. De hecho, nos hacíamos eco de la noticia de que se acaba de publicar allí un libro con todos los parabienes de las autoridades educativas, dirigido a los preescolares, donde se fomenta la transexualidad. Se nos ocurren pocas cosas más perversas.
Es un proyecto de deshumanización que sigue teniendo su máximo exponente en el aborto, un horrible negocio que la Cultura de la Muerte ha convertido en verdadero 'sacramento' y del que se deriva todo tipo de maldades, como revela una exempleada de Planned Parenthood: ‘No difería de una traficante de esclavos’.
Pero si el de Suecia es un caso extremo, la fe tampoco pasa por su mejor momento en nuestra propia iglesia, en nuestro propio país. Cada año, a medida que se aproxima la Navidad los cristianos tenemos que tragarnos la dosis habitual de sermoneo laico, de incitación a la increencia y de burlas de mayor o menor calibre. Bien, digamos que eso está en el guion, y tenemos la piel dura.
Lo triste es cuando uno lee que un colegio católico de Lérida suspende el Belén viviente porque “no hay nada que celebrar”. La razón es que hay dos implicados en casos de sedición por el 1-O que están en la cárcel de Soto del Real.
No entramos en la causa, no opinamos aquí de la justicia o injusticia de la detención. Pero supeditar la alegría de la Navidad, la celebración de que Dios se ha hecho hombre para salvarnos, al destino penal de quien sea, es no haber entendido nada. O haber cambiado la fe en Cristo por la fe en la Nación.
El otro caso que traemos como ejemplo de decadencia no es tan grave, pero sí significativo. Nos referimos a la 'brillante' idea de la Conferencia Episcopal de celebrar la festividad de Santa Cecilia, Patrona de la Música, colgando en redes sociales una versión orquestal de ‘Despacito’.
No es ya solo deprimente que la Iglesia haya pasado de inspirar el Réquiem de Mozart a copiarle al mundo algo tan vulgar como 'Despacito'; es que el mensaje de la canción elegida no puede ser más inadecuado para celebrar nada, y menos la música litúrgica.
No deja de ser un caso de 'colonización ideológica' de aquellas contra las que nos advierte el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta el cuarto jueves de noviembre. Suprimir la libertad, borrar la memoria, adoctrinar a los jóvenes: esos son, según Su Santidad, los tres indicadores de las colonizaciones culturales e ideológicas de todos los tiempos.
Gabriel Ariza Rossy
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09 octubre 2017
18 junio 2017
Los 10 poderes de la inteligencia espiritual.
Según el filósofo Francesc Torralba Roselló
¿Se ha preguntado usted cómo está de inteligencia espiritual? En esta charla con Aleteia, detectamos junto a Francesc Torralba de qué trata la inteligencia espiritual. Este experto, consultor del Pontificio Consejo para la Cultura, los ha condensado en el libro Inteligencia espiritual publicado por Plataforma.
1 ¿Vale la pena vivir?
Sea cual sea la formulación concreta, ¿Tiene sentido la vida? ¿Qué me cabe esperar?, esta pregunta hace explícito el carácter misterioso de la persona.
El ser humano siempre está en búsqueda.
El ser humano siempre está en búsqueda.
El ser humano, en virtud de su inteligencia espiritual, es capaz de interrogarse por el sentido de su existencia, tiene el poder de preguntarse por lo qué realmente va a dotar de valor su estancia en este mundo.
En grados distintos, podemos distinguir en los mamíferos superiores formas de inteligencia lingüística, emocional, interpersonal, pero la inteligencia espiritual es una modalidad específica del ser humano.
2. El preguntar último
¿Qué tipo de interrogaciones son un producto de la inteligencia espiritual?: ¿Para qué estoy en el mundo? ¿Qué sentido tiene mi existencia? ¿Qué puedo esperar después de mi muerte? ¿Qué sentido tiene el mundo? ¿Para qué sufrir? ¿Para qué luchar? ¿Qué es lo que merece ser vivido?
No disponemos de respuestas evidentes a tales preguntas, pero el preguntar último, la búsqueda del para qué constituye un estímulo al desarrollo filosófico, científico y tecnológico de la humanidad.
La inteligencia espiritual no se satisface con el cómo, ni con el porqué. Necesita conocer el para qué.
3. La capacidad de distanciamiento
La inteligencia espiritual da el poder de tomar distancia de la realidad circundante, pero también de nosotros mismos.
Tomar distancia no debe entenderse en un sentido físico. La inteligencia espiritual nos permite separarnos del mundo, de nuestro propio cuerpo, pero tal operación es únicamente mental.
Consiste, pues, en separarse, sin dejar de ser, sin abandonar el mundo.
La distancia es, paradójicamente, el único modo de comprender realmente algo. Para poder valorar la textura y la calidad de un vínculo, de una relación, de una amistad, es esencial tomar distancia y, luego, desde la contención de las pasiones y las emociones, valorar con ecuanimidad.
4. La autotrascendencia
Trascender consiste en ir más allá, en no contentarse con lo que se es, con lo que se tiene, con lo que se sabe. El trascender expresa una carencia, pero también una esperanza.
Más allá del significado religioso de la palabra trascendencia, la capacidad de trascender no es algo que acontece sólo en personas religiosas, sino en todo ser humano, pues toda persona aspira a superar un límite.
5. El asombro
Una cosa existir. Otra cosa, muy distinta, es darse cuenta de que uno existe. La planta existe, ocupa un lugar en el espacio y dispone de tiempo de vida, pero ella no sabe que existe. No experimenta la sorpresa de existir, ni el vértigo del fluir temporal.
La admiración requiere de la distancia física. Para admirarse de una obra pictórica, de un paisaje, del cielo estrellado o de un cuerpo bello, uno debe tomar distancia física, alejarse de ello.
Cuando uno se da cuenta que existe, pudiendo no haber existido, experimenta una sorpresa y esta sorpresa le conduce a amar la vida y a gozar intensamente de ella, a convertir su estar en el mundo en un proyecto.
6. El autoconocimiento
La inteligencia espiritual nos faculta para adentrarnos por aquella infinita senda que conduce al conocimiento de uno mismo.
Los grandes maestros de la historia de la humanidad, desde Sócrates hasta Confucio, han mostrado que el primer objetivo de la educación es el conocimiento de uno mismo
Cuando una persona cultiva la inteligencia espiritual tiene capacidad para distinguir el personaje del ser, la representación de la esencia. Entonces uno puede llegar a desprenderse de lo que algunos autores denominan el ego y abrirse a la dimensión trascendente que nombran el Self.
7. La facultad de valorar
La tarea de valorar es inexcusablemente humana y convierte al ser humano en un sujeto ético. La experiencia ética halla su fundamento en la inteligencia espiritual. Somos seres capaces de tener experiencia ética, porque tenemos capacidad para tomar distancia y llevar a cabo valoraciones.
Sólo el ser humano es capaz de construir su propia pirámide de valores (pirámide axiológica) y vivir conforme a ella.
8. El gozo estético
Un ser espiritualmente sensible se deleita con la belleza natural, con las manifestaciones artísticas y con la simplicidad de las pequeñas cosas.
La experiencia estética es una vivencia específica del ser humano, una peculiaridad de su ser en el mundo que no se detecta en ningún otro ser.
El animal busca la presa y cuando la tiene a su alcance, ataca. El ser humano es capaz de tomar distancia de los impulsos primarios, de contenerlos y de canalizarlos oportunamente. Le basta con vivir, anhela la bondad, el bien, la unidad, la belleza y, ante todo, vivir una vida con sentido.
9. El sentido del misterio
Lo misterioso circunda al ser humano por todas partes. El misterio es lo insondable, lo que va más allá de lo desconocido o se conoce mal. En sentido estricto, significa lo que está oculto, lo que no se percibe con los sentidos, ni se aclara con la razón.
El ser humano, a lo largo de la historia, se siente constantemente invitado a aclarar el misterio del mundo y de la persona.
La inteligencia espiritual nos faculta para suscitar preguntas. Una persona profunda aprende a convivir con las últimas preguntas.
10. La búsqueda de una sabiduría
Al ser humano no le basta con los conocimientos científicos. Toda persona anhela una orientación que le permita aspirar a vivir una vida Los feliz.
La inteligencia espiritual faculta para la labor de síntesis, para la mirada de conjunto. El hecho de que no existan respuestas concluyentes en el plano científico, no significa que no existan respuestas inteligentes, con plenitud de sentido.
13 junio 2017
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