Páginas

17 marzo 2018

Cuaresma 2018 – Primera predicación cuaresmal Raniero Cantalamessa, ofmcap «No os conforméis a la mentalidad de este mundo» (Rom 12,2)

«No os conforméis a la mentalidad de este mundo» (Rom 12,2)

«No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rom 12,2).
En una sociedad en la que cada uno se siente investido con la tarea de transformar el mundo y la Iglesia, cae esta palabra de Dios que invita a transformarse uno mismo. «No os amoldéis a este mundo»: después de estas palabras habríamos esperado que se nos dijera: «¡Pero transformadlo!»; en cambio nos dice: «¡Sino transformaos!». Transformad, sí, el mundo, pero el mundo que está dentro de vosotros, antes de creer poder transformar el mundo que está fuera de vosotros.
Será esta palabra de Dios, tomada de la Carta a los Romanos, la que nos introduzca este año en el espíritu de la Cuaresma. Como desde hace algunos años, dedicamos la primera meditación a una introducción general a la Cuaresma, sin entrar en el tema específico del programa, también por la ausencia de parte del auditorio, ocupado en otro lugar en los Ejercicios Espirituales.

1. Los cristianos y el mundo

Demos primero una mirada a cómo este ideal del apartamiento del mundo ha sido comprendido y vivido desde el Evangelio hasta nuestros días. Conviene tener en cuenta siempre las experiencias del pasado si se quieren comprender las necesidades del presente. En los evangelios sinópticos la palabra «mundo» (kosmos) casi siempre se entiende en sentido moralmente neutro. Tomado en sentido espacial, mundo indica la tierra y el universo («Id por todo el mundo»); tomado en sentido temporal, indica el tiempo o el «siglo» (aion) presente. Con Pablo, y más aún con Juan, la palabra «mundo», se carga de una relevancia moral y viene a significar, la mayoría de las veces, el mundo como ha llegado a ser tras el pecado y bajo el dominio de Satanás, «el Dios de este mundo» (2 Cor 4,4). De ahí la exhortación de Pablo de la que hemos partido y aquella, casi idéntica, de Juan en su Primera Carta: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero—, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo» (1 Jn 2, 15-16).
Todo esto no conduce nunca a perder de vista que el mundo en sí mismo, a pesar de todo, es y seguirá siendo, la realidad buena creada por Dios, que Dios ama y que ha venido a salvar, no a juzgar: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). La actitud hacia el mundo que Jesús propone a sus discípulos está encerrada en dos preposiciones: estar en el mundo, pero no ser del mundo: «Ya no voy a estar en el mundo —dice dirigido al Padre—; pero ellos están en el mundo […]. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo» (Jn 17,11.16).
Durante los tres primeros siglos, los discípulos se muestran conscientes de esta posición suya única. La Carta a Diogneto, escrito anónimo de final del siglo II, describe así el sentimiento que los cristianos tenían de sí mismos en el mundo: «Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres. Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne»¹.
Sinteticemos al máximo la continuación de la historia. Cuando el cristianismo se convierte en religión tolerada y luego, muy pronto, protegida y favorecida, la tensión entre el cristiano y el mundo tiende inevitablemente a atenuarse, porque el mundo ya se ha convertido, o al menos es considerado, «un mundo cristiano». Se asiste así a un doble fenómeno. Por una parte, los grupos de creyentes deseosos de permanecer como sal de la tierra y no perder el sabor, huyen, también físicamente, del mundo y se retiran al desierto. Nace el monacatoteniendo como enseña el lema dirigido al monje Arsenio: «Fuge, tasce, quiesce», «Huye, calla, vive retirado»².
Al mismo tiempo, los pastores de la Iglesia y los espíritus más iluminados tratan de adaptar el ideal del apartamiento del mundo a todos los creyentes, proponiendo una huida no material, sino espiritual del mundo. San Basilio en Oriente y San Agustín en Occidente conocen el pensamiento de Platón sobre todo en la versión ascética que había asumido con el discípulo Plotino. En esta atmósfera cultural estaba vivo el ideal de la fuga del mundo. Sin embargo, se trataba de una fuga, por así decirlo, en vertical, no en horizontal, hacia arriba, no hacia el desierto. Consiste en elevarse por encima de la multiplicidad de las cosas materiales y las pasiones humanas, para unirse a lo que es divino, incorruptible y eterno.
Los Padres de la Iglesia —los capadocios³ en primera línea— proponen una ascética cristiana que responde a esta exigencia religiosa y adopta su lenguaje, sin sacrificar nunca a ella, sin embargo, los valores propios del Evangelio. Para empezar, la fuga del mundo inculcada por ellos es obra de la gracia más que del esfuerzo humano. El acto fundamental no está al final del camino, sino en su comienzo, en el bautismo. Por eso, no está reservada a pocos espíritus cultos, sino abierta a todos. San Ambrosio escribirá un tratadito Sobre la huida del mundo, dirigiéndolo a todos los neófitos⁴. La separación del mundo que él propone es sobre todo afectiva: «La fuga —dice— no consiste en abandonar la tierra, sino, permaneciendo en la tierra, en observar la justicia y la sobriedad, en renunciar a los vicios y no al uso de los alimentos»⁵.
Este ideal de desprendimiento y fuga del mundo acompañará, en formas diversas, toda la historia de la espiritualidad cristiana. Una oración de la liturgia lo resume en el lema: «Terrena despicere et amare caelestia», «despreciar las cosas de la tierra y amar las del cielo».

2. La crisis del ideal de la «fuga mundi»

Las cosas han cambiado en la época cercana a nosotros. Nosotros hemos atravesado, a propósito del ideal de la separación del mundo, una fase «crítica», es decir, un período en que dicho ideal fue «criticado» y mirado con sospecha. Esta crisis tiene raíces remotas. Comienza —al menos a nivel teórico— con el humanismo del Renacimiento que produce el auge del interés y entusiasmo, a veces de matriz paganizante, por los valores mundanos. Pero el factor determinante de la crisis hay que verlo en el fenómeno de la llamada «secularización», que comenzó con la Ilustración y alcanzó su punto álgido en el siglo XX.
El cambio más evidente se refiere precisamente al concepto de mundo o de siglo. En toda la historia de la espiritualidad cristiana, la palabra saeculum había tenido una connotación tendencialmente negativa, o al menos ambigua. Indicaba el tiempo presente sometido al pecado, en oposición al siglo futuro o a la eternidad. Con el paso de pocas décadas, cambió de signo, hasta asumir, en los años 60 y 70, un significado muy positivo. Algunos títulos de libros que salieron en aquellos años, como El significado secular del Evangelio, de Paul van Buren, y La ciudad secular, de Harvey Cox, ponen en evidencia, por sí solos, este significado nuevo, optimista, de «siglo» y de «secular». Nació una «teología de la secularización».
Sin embargo, todo esto ha contribuido a alimentar en algunos un optimismo exagerado respecto del mundo, que no tiene en cuenta suficientemente su otra cara: aquella por la que está «bajo el maligno» y se opone al espíritu de Cristo (cf. Jn 14,17). En un determinado momento nos hemos dado cuenta de que al ideal tradicional de la fuga «del» mundo, se había sustituido, en la mente de muchos (también entre el clero y los religiosos), por el ideal de una fuga «hacia» el mundo, es decir, una mundanización. En este contexto se escribieron algunas de las cosas más absurdas y delirantes que jamás se han pasado bajo el nombre de «teología». La primera de ellas es la idea de que Dios mismo se seculariza y se mundaniza, cuando se anula como Dios para hacerse hombre. Estamos ante la llamada «Teología de la muerte de Dios». Existe también una sana teología de la secularización en que ésta no es vista como algo opuesto al Evangelio, sino más bien como un producto de él. Pero no es ésa la teología de la que estamos hablando.
Alguien ha hecho notar que las «teologías de la secularización» mencionadas no eran otra cosa que un intento apologético tendente «a proporcionar una justificación ideológica de la indiferencia religiosa del hombre moderno»; eran también «la ideología que las Iglesias necesitaban para justificar su creciente marginación»⁶. Pronto se hizo claro que estábamos en un callejón sin salida; en pocos años no se habló ya casi de teología de la secularización y algunos de sus mismos promotores tomaron distancias. Como siempre, tocar el fondo de una crisis es la ocasión para volver a interrogar a la Palabra de Dios «viva y eterna». Escuchamos de nuevo, pues, la exhortación de Pablo: «No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto».
Para el Nuevo Testamento, ya sabemos cuál es el mundo al cual no debemos conformarnos: no el mundo creado y amado por Dios, no los hombres del mundo a los cuales, al contrario, debemos ir siempre al encuentro, especialmente los pobres, los últimos, los que sufren. El «mezclarse» con este mundo del sufrimiento y la marginación es paradójicamente el mejor modo de «separarse» del mundo, porque es ir allí, de donde el mundo huye con todas sus fuerzas. Es separarse del mismo principio que rige el mundo, que es el egoísmo.
Detengámonos más bien en el significado de lo que sigue: transformarse renovando lo íntimo de nuestra mente. Todo en nosotros comienza por la mente, por el pensamiento. Hay una máxima de sabiduría que dice:
Supervisa los pensamientos para que se conviertan en palabras.
Supervisa las palabras para que se conviertan en acciones.
Supervisa las acciones para que se conviertan en costumbres.
Supervisa las costumbres para que se conviertan en tu carácter.
Supervisa tu carácter para que se convierta en tu destino.
Antes que en las obras, el cambio debe realizarse, pues, en el modo de pensar, es decir, en la fe. En el origen de la mundanización hay muchas causas, pero la principal es la crisis de fe. En este sentido, la exhortación del Apóstol no hace más que revitalizar la [exhortación] de Cristo al comienzo de su Evangelio: «Convertíos y creed», ¡convertíos, es decir, creed! Cambiad la manera de pensar; dejad de pensar «según los hombres» y comenzad a pensar «según Dios» (cf. Mt 16,23). Tenía razón Santo Tomás de Aquino al decir que «la primera conversión se realiza creyendo»: la prima conversio fit per fidem⁷.
La fe es el terreno de enfrentamiento primario entre el cristiano y el mundo. Por la fe el cristiano ya no es «del» mundo. Cuando leo las conclusiones que sacan los científicos no creyentes de la observación del universo, la visión del mundo que nos dan escritores y cineastas, donde, en el mejor de los casos, Dios es reducido a un vago y subjetivo sentido del misterio y Jesucristo tampoco es tomado en cuenta, siento que pertenezco, gracias a la fe, a otro mundo. Experimento la verdad de aquellas palabras de Jesús: «Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis» y quedo perplejo al comprobar cómo Jesús ha previsto esta situación y dado anticipadamente su explicación: «Has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las ha revelado a los sencillos» (Lc 10, 21-23).
Entendido en sentido moral, el «mundo» es por definición lo que se niega a creer. El pecado, del que Jesús dice que el Paráclito «convencerá al mundo», es no haber creído en Él (cf. Jn 16,8-9). Juan escribe: «Esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe» (1 Jn 5,4-5). En la carta a los Efesios se lee: «También vosotros estabais muertos por vuestras culpas y vuestros pecados, en los cuales un tiempo vivisteis a la manera de este mundo, siguiendo al príncipe de las potencias del aire, ese Espíritu que ahora obra en los hombres rebeldes» (Ef 2,1-2). El exégeta Heinrich Schlier ha hecho un análisis penetrante de este «espíritu del mundo» considerado por Pablo como el rival directo del «Espíritu de Dios» (1 Cor 2,12). En él desempeña un papel decisivo la opinión pública, hoy también literalmente espíritu «que está en el aire» porque se difunde vía éter. «Se determinará —escribe— un espíritu de gran intensidad histórica, al que el individuo difícilmente puede sustraerse. Nos atenemos al espíritu general, se considera evidente. Actuar o pensar o decir algo contra él se considera cosa absurda o incluso una injusticia o un delito. Entonces ya no se osa ponerse frente a las cosas y a la situación y sobre todo a la vida de manera diferente a como las presenta… Su característica es interpretar el mundo y la existencia humana a su manera»⁸.
Es lo que llamamos «adaptación al espíritu de los tiempos»Actúa como el vampiro de la leyenda. El vampiro se pega a las personas que duermen y mientras les chupa su sangre, al mismo tiempo inyecta en ellas un líquido soporífero que hace que encuentren aún más dulce el sueño, de modo que aquéllas se sumen cada vez más en el sueño y este puede chupar toda la sangre que quiere. Pero el mundo es peor que el vampiro, porque el vampiro no puede adormecer a la presa, sino que se acerca a los que ya duermen. En cambio, el mundo primero duerme a las personas y luego les chupa todas sus energías espirituales, inyectando también una especie de líquido soporífero que hace encontrar el sueño aún más dulce.
El remedio en esta situación es que alguien nos grite al oído: «¡Despierta!». Es lo que hace la palabra de Dios en muchas ocasiones y que la liturgia de la Iglesia nos hace volver a escuchar puntualmente al inicio de la Cuaresma: «Despierta tú que duermes» (Ef 5, 14); «¡Es tiempo de despertarse del sueño!» (Rom 13,11).

3. Pasa la escena de este mundo

Pero interroguémonos por el motivo por el que el cristiano no debe ajustarse al mundo. No es de naturaleza ontológica, sino escatológica. No se deben tomar las distancias del mundo porque la materia es intrínsecamente mala y enemiga del espíritu, como pensaban los platónicos y algunos Padres influenciados por ellos, sino porque, como dice la Escritura, «pasa la escena de este mundo» (1 Cor 7,31); «el mundo pasa con su concupiscencia, pero quien hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2,17).
Basta detenerse un instante y mirar alrededor para darse cuenta de la verdad de estas palabras. Ocurre en la vida como en la pantalla de televisión: los programas, las llamadas parrillas, se suceden rápidamente y cada uno borra al anterior. La pantalla sigue siendo la misma, pero los programas y las imágenes cambian. Eso sucede con nosotros: el mundo permanece, pero nosotros nos vamos uno detrás de otro. De todos los nombres, los rostros, las noticias que llenan los periódicos y los telediarios de hoy —de todos nosotros— ¿qué quedará de aquí a unos años o décadas? Nada de nada.
Pensemos en qué quedan los mitos de hace 40 años y qué quedará dentro de 40 años de los mitos y las celebridades de hoy. «Sucederá —se lee en Isaías— como cuando un hambriento sueña con comer, como cuando un sediento sueña beber, pero se despierta cansado, con la garganta seca» (Is 29,8). ¿Qué son riquezas, salud, gloria, sino un sueño que se desvanece al despuntar el día? Un pobre, decía San Agustín, una noche tiene un sueño precioso. Sueña que le cae encima una herencia ingente. Durante el sueño se ve revestido de espléndidos vestidos, rodeado de oro y plata, poseedor de campos y viñas; en su orgullo desprecia al propio padre y finge no reconocerlo… Pero se despierta por la mañana y se descubre tal como se había dormido⁹. «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré», dice Job (Job 1, 21). Ocurrirá lo mismo a los millonarios de hoy con su dinero y a los poderosos que hoy hacen temblar al mundo con su poder. El hombre, visto fuera de la fe, no es más que «un dibujo creado por la ola en la playa del mar a la que borra la ola posterior».
Hoy hay un nuevo marco en que es particularmente necesario no ajustarse a este mundo: las imágenes. Los antiguos habían acuñado el lema: «Ayunar del mundo» (nesteuein tou kosmou)¹⁰; hoy se debería entender en el sentido de ayunar de las imágenes del mundo. Hubo un tiempo en que el ayuno de alimentos y bebidas era considerado el más eficaz y necesario. Ya no es así. Hoy se ayuna por muchos otros motivos: sobre todo para mantener la línea. Ningún alimento, dice la Escritura, es en sí mismo impuro, mientras que muchas imágenes lo son. Se han convertido en uno de los vehículos privilegiados con los que el mundo difunde su antievangelio. Un himno de la cuaresma exhorta:
Utamur ergo parcius            Utilicemos parcamente
Verbis, cibis et potibus,        
palabras, alimentos y bebidas
Somno, iocis et arctius         
sueño y recreo
Perstemus en custodia.       
 Estemos más atentos en custodiar los sentidos.
A la lista de las cosas que hay que usar parcamente —palabras, alimentos, bebidas y sueño— habría que añadir, las imágenes. Entre las cosas que vienen del mundo y no del Padre, junto a la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida, San Juan pone significativamente «la concupiscencia de los ojos» (1 Jn 2,16). Recordemos cómo cayó el rey David… Lo que le ocurrió mirando en la terraza de la casa de al lado, pasa hoy a menudo abriendo algunos sitios en Internet.
Si en algún momento nos sentimos turbados por imágenes impuras,sea por imprudencia propia, sea por la invasión del mundo que caza a la fuerza sus imágenes en los ojos de la gente, imitemos lo que hicieron en el desierto los judíos que eran mordidos por serpientes. En lugar de perdernos en estériles lamentos, o buscar excusas en nuestra soledad y en la incomprensión de los demás, miremos a un Crucifijo o vayamos ante el Santísimo. «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3,15). Que el remedio pase por donde ha pasado el veneno, es decir por los ojos.
Con estos propósitos sugeridos por la palabra de San Pablo a los Romanos, y sobre todo con la gracia de Dios, comenzamos, Venerables padres, hermanos y hermanas, nuestra preparación a la Santa Pascua. Hacer Pascua, decía San Agustín, significa «pasar de este mundo al Padre» (Jn 13,1), es decir, ¡pasar a lo que no pasa! Es necesario pasar desde el mundo para no pasar con el mundo. Buena y santa Cuaresma.
Traducción del original italiano: Pablo Cervera Barranco

Notas
¹ Carta a Diogneto, V, 1-8: Die Apostolischen Vaeter (ed. Kunk –Bihlmeyer) (Tubinga 1856) 143-144.
² Cf. Vita e Detti dei Padri del deserto (ed. L. Mortari) I (Roma 1986) 97.
³ San Basilio, san Gregorio de Nisa y san Gregorio Nacianceno, de la región de Capadocia (nota de J.H)
⁴ Cf. De fuga saeculi, 1: CSEL 32, 2, p. 251.
⁵ San Ambrosio, Exposición sobre el Evangelio de Lucas, IX, 36; De Isaac et anima, 3, 6.
⁶ Cf. C. Geffré, art. «Sécularisation»: en Dictionnaire de Spiritualité 15 (1989) 502s.
⁷ S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I-IIae, q.113, a, 4.
⁸ H. Schlier, «Demoni e spiriti maligni nel Nuovo Testamento», en Riflessioni sul Nuovo Testamento (Paideia, Brescia 1976) 194s [trad. esp. Poderes y dominios en el Nuevo Testamento (Edicep, Valencia 2008)].
⁹ Cf. S. Agustín, Sermo 39,5: PL 38, 242.
¹⁰ El lema se remonta a un dicho no canónico atribuido a Jesús mismo: «Si no ayunáis del mundo, no descubriréis el reino de Dios». Cf. Clemente de Alejandría, Stromata, 111, 15: GCS 52, p. 242, 2; A. Resch, Agrapha, 48 (TU 30 [1906] 68).

03 marzo 2018

Carta “Placuit Deo” de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Carta “Placuit Deo” de la Congregación para la Doctrina de la Fe a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la salvación cristiana, 01.03.2018

Congregación para la Doctrina de la Fe
Carta Placuit Deo
a los Obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la salvación cristiana

I.      Introducción
1.    «Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef 1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cf. Ef 2, 18; 2 P 1, 4). […] Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación»[1]. La enseñanza sobre la salvación en Cristo requiere siempre ser profundizada nuevamente. Manteniendo fija la mirada en el Señor Jesús, la Iglesia se dirige con amor materno a todos los hombres, para anunciarles todo el designio de la Alianza del Padre que, a través del Espíritu Santo, quiere «recapitular en Cristo todas las cosas» (cf. Ef 1,1 0). La presente Carta pretende resaltar, en el surco de la gran tradición de la fe y con particular referencia a la enseñanza del Papa Francisco, algunos aspectos de la salvación cristiana que hoy pueden ser difíciles de comprender debido a las recientes transformaciones culturales.
II.   El impacto de las transformaciones culturales de hoy en el significado de la salvación cristiana
2.     El mundo contemporáneo percibe no sin dificultad la confesión de la fe cristiana, que proclama a Jesús como el único Salvador de toda el hombre y de toda la humanidad (cf. Hch 4, 12; Rm 3, 23-24; 1 Tm 2, 4-5; Tt 2, 11-15).[2] Por un lado, el individualismo centrado en el sujeto autónomo tiende a ver al hombre como un ser cuya realización depende únicamente de su fuerza.[3] En esta visión, la figura de Cristo corresponde más a un modelo que inspira acciones generosas, con sus palabras y gestos, que a Aquel que transforma la condición humana, incorporándonos en una nueva existencia reconciliada con el Padre y entre nosotros a través del Espíritu (cf. 2 Co 5, 19; Ef 2, 18). Por otro lado, se extiende la visión de una salvación meramente interior, la cual tal vez suscite una fuerte convicción personal, o un sentimiento intenso, de estar unidos a Dios, pero no llega a asumir, sanar y renovar nuestras relaciones con los demás y con el mundo creado. Desde esta perspectiva, se hace difícil comprender el significado de la Encarnación del Verbo, por la cual se convirtió miembro de la familia humana, asumiendo nuestra carne y nuestra historia, por nosotros los hombres y por nuestra salvación.
3.     El Santo Padre Francisco, en su magisterio ordinario, se ha referido a menudo a dos tendencias que representan las dos desviaciones que acabamos de mencionar y que en algunos aspectos se asemejan a dos antiguas herejías: el pelagianismo y el gnosticismo.[4] En nuestros tiempos, prolifera una especia de neo-pelagianismo para el cual el individuo, radicalmente autónomo, pretende salvarse a sí mismo, sin reconocer que depende, en lo más profundo de su ser, de Dios y de los demás. La salvación es entonces confiada a las fuerzas del individuo, o las estructuras puramente humanas, incapaces de acoger la novedad del Espíritu de Dios.[5] Un cierto neo-gnosticismo, por su parte, presenta una salvación meramente interior, encerrada en el subjetivismo,[6] que consiste en elevarse «con el intelecto hasta los misterios de la divinidad desconocida».[7] Se pretende, de esta forma, liberar a la persona del cuerpo y del cosmos material, en los cuales ya no se descubren las huellas de la mano providente del Creador, sino que ve sólo una realidad sin sentido, ajena de la identidad última de la persona, y manipulable de acuerdo con los intereses del hombre.[8] Por otro lado, está claro que la comparación con las herejías pelagiana y gnóstica solo se refiere a rasgos generales comunes, sin entrar en juicios sobre la naturaleza exacta de los antiguos errores. De hecho, la diferencia entre el contexto histórico secularizado de hoy y el de los primeros siglos cristianos, en el que nacieron estas herejías, es grande[9]. Sin embargo, en la medida en que el gnosticismo y el pelagianismo son peligros perennes de una errada comprensión de la fe bíblica, es posible encontrar cierta familiaridad con los movimientos contemporáneos apenas descritos.
4.    Tanto el individualismo neo-pelagiano como el desprecio neo-gnóstico del cuerpo deforman la confesión de fe en Cristo, el Salvador único y universal. ¿Cómo podría Cristo mediar en la Alianza de toda la familia humana, si el hombre fuera un individuo aislado, que se autorrealiza con sus propias fuerzas, como lo propone el neo-pelagianismo? ¿Y cómo podría llegar la salvación a través de la Encarnación de Jesús, su vida, muerte y resurrección en su verdadero cuerpo, si lo que importa solamente es liberar la interioridad del hombre de las limitaciones del cuerpo y la materia, según la nueva visión neo-gnóstica? Frente a estas tendencias, la presente Carta desea reafirmar que la salvación consiste en nuestra unión con Cristo, quien, con su Encarnación, vida, muerte y resurrección, ha generado un nuevo orden de relaciones con el Padre y entre los hombres, y nos ha introducido en este orden gracias al don de su Espíritu, para que podamos unirnos al Padre como hijos en el Hijo, y convertirnos en un solo cuerpo en el «primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8, 29).
III.    Aspiración humana a la salvación
5.    El hombre se percibe a sí mismo, directa o indirectamente, como un enigma: ¿Quién soy yo que existo, pero no tengo en mí el principio de mi existir? Cada persona, a su modo, busca la felicidad, e intenta alcanzarla recurriendo a los recursos que tiene a disposición. Sin embargo, esta aspiración universal no necesariamente se expresa o se declara; más bien, es más secreta y oculta de lo que parece, y está lista para revelarse en situaciones particulares. Muy a menudo coincide con la esperanza de la salud física, a veces toma la forma de ansiedad por un mayor bienestar económico, se expresa ampliamente a través de la necesidad de una paz interior y una convivencia serena con el prójimo. Por otro lado, si bien la cuestión de la salvación se presenta como un compromiso por un bien mayor, también conserva el carácter de resistencia y superación del dolor. A la lucha para conquistar el bien, se une la lucha para defenderse del mal: de la ignorancia y el error, de la fragilidad y la debilidad, de la enfermedad y la muerte.
6.    Con respecto a estas aspiraciones, la fe en Cristo nos enseña, rechazando cualquier pretensión de autorrealización, que solo se pueden realizar plenamente si Dios mismo lo hace posible, atrayéndonos hacia Él mismo. La salvación completa de la persona no consiste en las cosas que el hombre podría obtener por sí mismo, como la posesión o el bienestar material, la ciencia o la técnica, el poder o la influencia sobre los demás, la buena reputación o la autocomplacencia.[10] Nada creado puede satisfacer al hombre por completo, porque Dios nos ha destinado a la comunión con Él y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Él.[11] «La vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina».[12] La revelación, de esta manera, no se limita a anunciar la salvación como una respuesta a la expectativa contemporánea. «Si la redención, por el contrario, hubiera de ser juzgada o medida por la necesidad existencial de los seres humanos, ¿cómo podríamos soslayar la sospecha de haber simplemente creado un Dios Redentor a imagen de nuestra propia necesidad?».[13]
7.    Además es necesario afirmar que, de acuerdo con la fe bíblica, el origen del mal no se encuentra en el mundo material y corpóreo, experimentada como un límite o como una prisión de la que debemos ser salvados. Por el contrario, la fe proclama que todo el cosmos es bueno, en cuanto creado por Dios (cf. Gn 1, 31; Sb 1, 13-14; 1 Tm 4 4), y que el mal que más daña al hombre es el que procede de su corazón (cf. Mt 15, 18-19; Gn 3, 1-19). Pecando, el hombre ha abandonado la fuente del amor y se ha perdido en formas espurias de amor, que lo encierran cada vez más en sí mismo. Esta separación de Dios – de Aquel que es fuente de comunión y de vida – que conduce a la pérdida de la armonía entre los hombres y de los hombres con el mundo, introduciendo el dominio de la disgregación y de la muerte (cf. Rm 5, 12). En consecuencia, la salvación que la fe nos anuncia no concierne solo a nuestra interioridad, sino a nuestro ser integral. Es la persona completa, de hecho, en cuerpo y alma, que ha sido creada por el amor de Dios a su imagen y semejanza, y está llamada a vivir en comunión con Él.
IV.     Cristo, Salvador y Salvación
8.    En ningún momento del camino del hombre, Dios ha dejado de ofrecer su salvación a los hijos de Adán (cf. Gn 3, 15), estableciendo una alianza con todos los hombres en Noé (cf. Gn 9, 9) y, más tarde, con Abraham y su descendencia (cf. Gn 15, 18). La salvación divina asume así el orden creativo compartido por todos los hombres y recorre su camino concreto a través de la historia. Eligiéndose un pueblo, a quien ha ofrecido los medios para luchar contra el pecado y acercarse a Él, Dios ha preparado la venida de «un poderoso Salvador en la casa de David, su servidor» (Lc 1, 69). En la plenitud de los tiempos, el Padre ha enviado a su Hijo al mundo, quien anunció el reino de Dios, curando todo tipo de enfermedades (cf. Mt 4, 23). Las curaciones realizadas por Jesús, en las cuales se hacía presente la providencia de Dios, eran un signo que se refería a su persona, a Aquel que se ha revelado plenamente como el Señor de la vida y la muerte en su evento pascual. Según el Evangelio, la salvación para todos los pueblos comienza con la aceptación de Jesús: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (Lc 19, 9). La buena noticia de la salvación tienen nombre y rostro: Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador. «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».[14]
9.    La fe cristiana, a través de su tradición centenaria, ha ilustrado, a través de muchas figuras, esta obra salvadora del Hijo encarnado. Lo ha hecho sin nunca separar el aspecto curativo de la salvación, por el que Cristo nos rescata del pecado, del aspecto edificante, por el cual Él nos hace hijos de Dios, partícipes de su naturaleza divina (cf. 2 P 1, 4). Teniendo en cuenta la perspectiva salvífica que desciende (de Dios que viene a rescatar a los hombres), Jesús es iluminador y revelador, redentor y liberador, el que diviniza al hombre y lo justifica. Asumiendo la perspectiva ascendiente (desde los hombres que acuden a Dios), Él es el que, como Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza, ofrece al Padre, en el nombre de los hombres, el culto perfecto: se sacrifica, expía los pecados y permanece siempre vivo para interceder a nuestro favor. De esta manera aparece, en la vida de Jesús, una admirable sinergia de la acción divina con la acción humana, que muestra la falta de fundamento de la perspectiva individualista. Por un lado, de hecho, el sentido descendiente testimonia la primacía absoluta de la acción gratuita de Dios; la humildad para recibir los dones de Dios, antes de cualquier acción nuestra, es esencial para poder responder a su amor salvífico. Por otra parte, el sentido ascendiente nos recuerda que, por la acción humana plenamente de su Hijo, el Padre ha querido regenerar nuestras acciones, de modo que, asimilados a Cristo, podamos hacer «buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos» (Ef 2, 10).
10.    Está claro, además, que la salvación que Jesús ha traído en su propia persona no ocurre solo de manera interior. De hecho, para poder comunicar a cada persona la comunión salvífica con Dios, el Hijo se ha hecho carne (cf. Jn 1, 14). Es precisamente asumiendo la carne (cf. Rm 8, 3; Hb 2, 14: 1 Jn 4, 2), naciendo de una mujer (cf. Ga 4, 4), que «se hizo el Hijo de Dios Hijo del Hombre»[15] y nuestro hermano (cf. Hb 2, 14). Así, en la medida en que Él ha entrado a formar pare de la familia humana, «se ha unido, en cierto modo, con todo hombre»[16] y ha establecido un nuevo orden de relaciones con Dios, su Padre, y con todos los hombres, en quienes podemos ser incorporado para participar a su propia vida. En consecuencia, la asunción de la carne, lejos de limitar la acción salvadora de Cristo, le permite mediar concretamente la salvación de Dios para todos los hijos de Adán.
11.    En conclusión, para responder, tanto al reduccionismo individualista de tendencia pelagiana, como al reduccionismo neo-gnóstico que promete una liberación meramente interior, es necesario recordar la forma en que Jesús es Salvador. No se ha limitado a mostrarnos el camino para encontrar a Dios, un camino que podríamos seguir por nuestra cuenta, obedeciendo sus palabras e imitando su ejemplo. Cristo, más bien, para abrirnos la puerta de la liberación, se ha convertido Él mismo en el camino: «Yo soy el camino» (Jn 14, 6).[17] Además, este camino no es un camino meramente interno, al margen de nuestras relaciones con los demás y con el mundo creado. Por el contrario, Jesús nos ha dado un «camino nuevo y viviente que él nos abrió a través del velo del Templo, que es su carne» (Hb 10, 20). En resumen, Cristo es Salvador porque ha asumido nuestra humanidad integral y vivió una vida humana plena, en comunión con el Padre y con los hermanos. La salvación consiste en incorporarnos a nosotros mismos en su vida, recibiendo su Espíritu (cf. 1 Jn 4, 13). Así se ha convirtió «en cierto modo, en el principio de toda gracia según la humanidad».[18] Él es, al mismo tiempo, el Salvador y la Salvación.
V.     La Salvación en la Iglesia, cuerpo de Cristo
12.    El lugar donde recibimos la salvación traída por Jesús es la Iglesia, comunidad de aquellos que, habiendo sido incorporados al nuevo orden de relaciones inaugurado por Cristo, pueden recibir la plenitud del Espíritu de Cristo (Rm 8, 9). Comprender esta mediación salvífica de la Iglesia es una ayuda esencial para superar cualquier tendencia reduccionista. La salvación que Dios nos ofrece, de hecho, no se consigue sólo con las fuerzas individuales, como indica el neo-pelagianismo, sino a través de las relaciones que surgen del Hijo de Dios encarnado y que forman la comunión de la Iglesia. Además, dado que la gracia que Cristo nos da no es, como pretende la visión neo-gnóstica, una salvación puramente interior, sino que nos introduce en las relaciones concretas que Él mismo vivió, la Iglesia es una comunidad visible: en ella tocamos el carne de Jesús, singularmente en los hermanos más pobres y más sufridos. En resumen, la mediación salvífica de la Iglesia, «sacramento universal de salvación»,[19] nos asegura que la salvación no consiste en la autorrealización del individuo aislado, ni tampoco en su fusión interior con el divino, sino en la incorporación en una comunión de personas que participa en la comunión de la Trinidad.
13.    Tanto la visión individualista como la meramente interior de la salvación contradicen también la economía sacramental a través de la cual Dios ha querido salvar a la persona humana. La participación, en la Iglesia, al nuevo orden de relaciones inaugurado por Jesús sucede a través de los sacramentos, entre los cuales el bautismo es la puerta,[20] y la Eucaristía, la fuente y cumbre.[21] Así vemos, por un lado, la inconsistencia de las pretensiones de auto-salvación, que solo cuentan con las fuerzas humanas. La fe confiesa, por el contrario, que somos salvados por el bautismo, que nos da el carácter indeleble de pertenencia a Cristo y a la Iglesia, del cual deriva la transformación de nuestro modo concreto de vivir las relaciones con Dios, con los hombres y con la creación (cf. Mt 28, 19). Así, limpiados del pecado original y de todo pecado, estamos llamados a una vida nueva existencia conforme a Cristo (cf. Rm 6, 4). Con la gracia de los siete sacramentos, los creyentes crecen y se regeneran continuamente, especialmente cuando el camino se vuelve más difícil y no faltan las caídas. Cuando, pecando, abandonan su amor a Cristo, pueden ser reintroducidos, a través del sacramento de la Penitencia, en el orden de las relaciones inaugurado por Jesús, para caminar como ha caminado Él (cf. 1 Jn 2, 6). De esta manera, miramos con esperanza el juicio final, en el que se juzgará a cada persona en la realidad de su amor (cf. Rm 13, 8-10), especialmente para los más débiles (cf. Mt 25, 31-46).
14.  La economía salvífica sacramental también se opone a las tendencias que proponen una salvación meramente interior. El gnosticismo, de hecho, se asocia con una mirada negativa en el orden creado, comprendido como limitación de la libertad absoluta del espíritu humano. Como consecuencia, la salvación es vista como la liberación del cuerpo y de las relaciones concretas en las que vive la persona. En cuanto somos salvados, en cambio, «por la oblación del cuerpo de Jesucristo» (Hb 10, 10; cf. Col 1, 22), la verdadera salvación, lejos de ser liberación del cuerpo, también incluye su santificación (cf. Ro 12, 1). El cuerpo humano ha sido modelado por Dios, quien ha inscrito en él un lenguaje que invita a la persona humana a reconocer los dones del Creador y a vivir en comunión con los hermanos.[22] El Salvador ha restablecido y renovado, con su Encarnación y su misterio pascual, este lenguaje originario y nos lo ha comunicado en la economía corporal de los sacramentos. Gracias a los sacramentos, los cristianos pueden vivir en fidelidad a la carne de Cristo y, en consecuencia, en fidelidad al orden concreto de relaciones que Él nos ha dado. Este orden de relaciones requiere, de manera especial, el cuidado de la humanidad sufriente de todos los hombres, a través de las obras de misericordia corporales y espirituales.[23]
VI.    Conclusión: comunicar la fe, esperando al Salvador
15.    La conciencia de la vida plena en la que Jesús Salvador nos introduce empuja a los cristianos a la misión, para anunciar a todos los hombres el gozo y la luz del Evangelio.[24] En este esfuerzo también estarán listos para establecer un diálogo sincero y constructivo con creyentes de otras religiones, en la confianza de que Dios puede conducir a la salvación en Cristo a «todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia».[25] Mientras se dedica con todas sus fuerzas a la evangelización, la Iglesia continúa a invocar la venida definitiva del Salvador, ya que «en esperanza estamos salvados» (Rm 8, 24). La salvación del hombre se realizará solamente cuando, después de haber conquistado al último enemigo, la muerte (cf. 1 Co 15, 26), participaremos plenamente en la gloria de Jesús resucitado, que llevará a plenitud nuestra relación con Dios, con los hermanos y con toda la creación. La salvación integral del alma y del cuerpo es el destino final al que Dios llama a todos los hombres. Fundados en la fe, sostenidos por la esperanza, trabajando en la caridad, siguiendo el ejemplo de María, la Madre del Salvador y la primera de los salvados, estamos seguros de que «somos ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allí como Salvador el Señor Jesucristo. El transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para poner todas las cosas bajo su dominio» (Flp 3, 20-21).
El Sumo Pontífice Francisco, en la Audiencia concedida el día 16 de febrero de 2018. Ha aprobado esta Carta, decidida en la Sesión Ordinaria de esta Congregación el 24 de enero de 2018, y ha ordenado su publicación.
Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 22 de febrero de 2018, Fiesta de la Cátedra de San Pedro.
Luis F. Ladaria, S.I.
Arzobispo titular de Thibica
Prefecto
Giacomo Morandi
Arzobispo titular de Cerveteri
Secretario
























[1] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, n. 2.
[2] Cf. Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Dominus Iesus (6 de agosto del 2000), nn. 5-8: AAS 92 (2000), 745-749.
[3] Cf. Francisco, Exhort. apost. Evangelii gaudium (24 de noviembre de 2013), n. 67: AAS 105 (2013), 1048.
[4] Cf. Id., Carta enc. Lumen fidei (29 de junio de 2013), n. 47: AAS 105 (2013), 586-587; Exhort. apost. Evangelii gaudium, nn. 93-94: AAS (2013), 1059; Encuentro con los participantes en el V Congreso de la Iglesia Italiana, Florencia (10 de noviembre de 2015): AAS 107 (2015), 1287.
[5] Cf. Id., Encuentro con los participantes en el V Congreso de la Iglesia Italiana, Florencia (10 de noviembre de 2015): AAS107 (2015), 1288.
[6] Cf. Id., Exhort. apost. Evangelii gaudium, n. 94: AAS 105 (2013), 1059: «la fascinación del gnosticismo, una fe encerrada en el subjetivismo, donde sólo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos»; Consejo Pontificio de la Cultura –– Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, Jesucristo, portador del agua de la vida. Una reflexión cristiana sobre la “Nueva Era” (enero de 2003), Ciudad del Vaticano 2003.
[7] Francisco, Carta. enc. Lumen fidei, n. 47: AAS 105 (2013), 586-587.
[8] Cf. Id., Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en la peregrinación de la diócesis de Brescia (22 de junio de 2013): AAS 95 (2013), 627: «en este mundo donde se niega al hombre, donde se prefiere caminar por la senda del gnosticismo, […] del “nada de carne” —un Dios que no se hizo carne».
[9] Según la herejía pelagiana, desarrollada durante el siglo V alrededor de Pelagio, el hombre, para cumplir los mandamientos de Dios y ser salvado, necesita de la gracia solo como una ayuda externa a su libertad (a manera de luz, ejemplo, fuerza), pero no como una curación y regeneración radical de la libertad, sin mérito previo, para que pueda hacer el bien y alcanzar la vida eterna.
      Más complejo es el movimiento gnóstico, que surgió en los siglos I y II, y que tiene formas muy diferentes entre ellas. En general, los gnósticos creían que la salvación se obtiene a través de un conocimiento esotérico o "gnosis". Esta gnosis revela al gnóstico su verdadera esencia, es decir, una chispa del Espíritu divino que reside en su interioridad, que debe ser liberada del cuerpo, ajeno a su verdadera humanidad. Sólo de esta manera el gnóstico regresa a su ser original en Dios, del cual se había alejado debido a una caída primordial.

[10] Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, I-II, q. 2.
[11] Cf. San Agustín, Confesiones, I, 1: Corpus Christianorum, 27, 1.
[12] Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. Gaudium et spes, n. 22.
[13] Comisión Teológica Internacional, Algunas cuestiones sobre la teología de la Redención, 1995, n. 2.
[14] Benedicto XVI, Carta. enc. Deus caritas est (25 de diciembre de 2005), n. 1: AAS 98 (2006), 217; cf. Francisco, Exhort. apost. Evangelii gaudium, n. 3: AAS 105 (2013), 1020.

[15] San Ireneo, Adversus haereses, III 19, 1: Sources Chrétiennes, 211, 374.
[16] Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past. Gaudium et spes, n. 22.
[17] Cf. San Agustín, Tractatus in Ioannem, 13, 4: Corpus Christianorum, 36, 132: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn14, 6). Si buscas la verdad, mantén el camino, porque el Camino es el mismo que la Verdad. Ella en persona es adónde vas, ella en persona es por donde vas; no vas por una realidad a otra, no vienes a Cristo por otra cosa; por Cristo vienes a Cristo. ¿Cómo «por Cristo a Cristo»? Por Cristo hombre a Cristo Dios; por la Palabra hecha carne a la Palabra que en el principio era Dios en Dios».
[18] Santo Tomás de Aquino, Quaestio de veritate, q. 29, a. 5, co.
[19] Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm. Lumen gentium, n. 48.
[20] Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, III, q. 63, a. 3.
[21] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Cost. dogm. Lumen gentium, n. 11; Cost. dogm. Sacrosanctum Concilium, n. 10.
[22] Cf. Francisco, Carta enc. Laudato si’ (24 de mayo de 2015), n. 155, AAS 107 (2015), 909-910.
[23] Cf. Id., Carta apost. Misericordia et misera (20 de noviembre de 2016), n. 20: AAS 108 (2016), 1325-1326.
[24] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Redemptoris missio (7 de diciembre de 1990), n. 40: AAS 83 (1991), 287-288; Francisco, Exhort. apost. Evangelii gaudium, nn. 9-13: AAS 105 (2013), 1022-1025.
[25] Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past. Gaudium et spes, n. 22

01 marzo 2018

Presentación de la Carta Apostólica: "La dignidad y la vocación de la mujer"

PRESENTACIÓN DE LA CARTA APOSTÓLICA MULIERIS DIGNITATEM
DE JUAN PABLO II SOBRE LA DIGNIDAD
Y LA VOCACIÓN DE LA MUJER

30 de septiembre de 1988

El que intente leer y comprender en su significado auténtico la Carta Apostólica sobre “La dignidad de la mujer”, ha de tener muy presente su carácter literario específico, así como lo que se ha intentado decir en ella. Con este documento el Papa hace referencia a una sugerencia del Sínodo de los Obispos de 1987: en él, a propósito de la discusión sobre las cuestiones concretas acerca del puesto de la mujer en la Iglesia, había ido madurando más claramente la convicción de que no habrían sido suficientes soluciones de tipo meramente pragmático. Si se quieren afrontar de modo correcto las cuestiones particulares, es necesario sondear más profundamente los fundamentos antropológicos y teológicos del problema. Y precisamente ésta es la intención del Papa en la presente Carta. Para todas las normas jurídicas particulares. remite al documento postsinodal sobre los laicos. cuya publicación se espera dentro de poco. Aquí. en cambio, su finalidad es buscar, a partir de la fe, lo que significa el que Dios haya creado al ser humano como hombre y mujer y cuál es la misión específica que ha confiado así a la mujer en su camino. El Papa lo hace con la modalidad, que tanto le gusta, de una meditación bíblica, y, por tanto, no en forma de un texto magisterial dotado de un carácter sistemático, sino más bien como una reflexión llena de amor acerca de la profundidad de la Palabra de Dios, sobre todo de los inagotables tres primeros capítulos del libro del Génesis. Las afirmaciones del Papa se colocan, pues, en un doble contexto de la vida de la Iglesia: él prosigue —como ya se ha hecho notar— la discusión sinodal de sus hermanos en el ministerio episcopal; en la Carta Apostólica dialoga con ellos, escucha sus preguntas, sus preocupaciones, sus sugerencias y las lleva adelante, colocándolas en el amplio contexto de la fe bíblica y de la tradición teológica. A ello se añade el contexto del Año Mariano, que es ante todo expresión del recuerdo que la Iglesia ha vivido pensando en sus orígenes de hace dos mil años; pero al evocar los comienzas aparece ante nosotros la imagen bíblica de la mujer y nos vemos obligados a confrontar con este modelo nuestras cuestiones prácticas.
Todo esto deberá ser considerado si se quiere evaluar correctamente la Carta del Papa. Quien espera de ella decisiones prácticas fácilmente comprensibles, quedará desilusionado. El que la lea de prisa, no sacará de ella ningún provecho. El texto exige una escucha reflexiva, una disponibilidad a la meditación, que busca algo diverso de los títulos en letras grandes. El texto conduce a lo que está en lo profundo y que, justo por esto, puede ser fructuoso en una perspectiva más amplia.
¿Qué nos enseña, pues, esta Carta desde el punto de vista del contenido? Ya desde el título es claro que el tema fundamental de indagación es la dignidad de la mujer. En la búsqueda de la respuesta el Papa define ante todo en qué consiste precisamente la dignidad del ser humano: “La dignidad de cada hombre y su vocación correspondiente encuentran su realización definitiva en la unión con Dios” (11, 5). Esta afirmación fundamental, que define al ser humano a partir de Dios y le confiere de este modo su inviolable dignidad, se concretiza sucesivamente en una doble dirección, a través de la interpretación del relato bíblico de la creación:
1) El Papa comienza considerando la idea bíblica de que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Gén 1, 26 s.). Esta es para él la base irrenunciable de cualquier antropología cristiana. A partir de esto, se delinea luego el contenido de la naturaleza humana, que permanece no obstante todos los cambios históricos. El Papa ve esta semejanza con Dios esencialmente anclada en el ser persona, pero ser persona significa racionalidad: se comprende la naturaleza de la persona en la orientación a la “comunión”; precisamente así remite al Dios trinitario La reciprocidad del hombre y de la mujer pertenece, en este sentido, al núcleo más íntimo de la forma del ser humano, en cuanto creatura; ésta tiene que ver con su semejanza con Dios, en la medida en que es una expresión esencial del carácter racional de la existencia humana. “Humanidad significa llamada a la comunión interpersonal”: afirma el Papa en este contexto (III, 7). Y, a partir de esto, desarrolla tres elementos fundamentales de la existencia humana. El ser humano es la única criatura de Dios querida por sí misma, no medio, sino “fin por sí mismo” diría Kant; esto no es solamente un dato de hecho. sino debe más bien caminar hacia la realización de su ser (“yo”): precisamente en esto consiste su tarea; sin embargo esta “autorrealización” se lleva a cabo sólo cuando el hombre no se busca únicamente a sí mismo, sino que se da a los otros, “mediante una entrega sincera de sí mismo” (III, 7). Este entregarse, este donarse (a los demás) es la forma en la que él se encuentra y es la categoría fundamental de la imagen del hombre propuesta por la Carta Apostólica.
2) Esta perspectiva ontológica, en la cual se habla de lo que es permanente e inmutable en la existencia humana, se completa a través de un análisis de su condición histórica. En efecto, el hombre, tal como nosotros lo conocemos, no es sólo lo que él debería ser. La situación histórica de conflicto entre ser y deber ser se describe desde la fe con el término “pecado original”. Se ha dicho antes que la dignidad del ser humano se cimienta en la unidad del hombre con Dios. Sin embargo, la situación histórica del hombre es que él rompió su relación con Dios. Esta fractura en el núcleo mismo de su existencia trae como consecuencia una triple ruptura ulterior: efectivamente, se deriva de ella una ruptura en su mismo yo; una ruptura en la relación entre hombre y mujer, y, finalmente, una ruptura entre ser humano y creación (IV, 9). En lugar de la entrega sincera de sí, mismo entra la voluntad de dominio: la relación entre hombre y mujer, que a partir de la semejanza con Dios hubiera debido ser una relación constituida por un recíproco don de sí llega a ser ahora una relación de dominio, como dice Génesis 3, 16. En vez de entregarse, el hombre intenta dominar a la mujer. En lugar de la comunión se tiene una opresión, que al mismo tiempo destruye la estabilidad de la relación (IV, 10). La mujer, que originariamente tendría que haber sido co-sujeto del hombre en su existencia en el mundo, es reducida por él a objeto de placer y de explotación (V, 14). El verificarse de una relación de dominio del hombre sobre la mujer, en vez de una comunión en la entrega recíproca de sí querida por el Creador. es la expresión más evidente de esa perversión de las relaciones humanas fundamentales que tuvo lugar con el pecado.
La superación del pecado —la redención— debe por tanto manifestarse también en la superación de esta perversión en el restablecimiento de un orden conforme a la creación, en el retorno del “objetor al “co-sujeto” (IV, 10). En relación con esto, el Papa, en su Carta, ilustra insistentemente cómo la acción redentora de Cristo comporta también el restablecimiento de los derechos y de la dignidad de la mujer. Esto lo hace esencialmente desarrollando tres líneas de pensamiento:
a) El Santo Padre describe ampliamente la actitud abierta y sin prejuicios de Jesús hacia las mujeres a lo largo de toda su trayectoria terrena, antes y después de la resurrección. Muestra que tanto en su enseñanza como en su comportamiento “no se encuentra nada que refleje la habitual discriminación de la mujer...; por el contrario, sus palabras y sus obras expresan siempre el respeto y el honor debido a la mujer” (V, 13). Esto no es de hecho una apertura superficial y sin importancia en la acción de Jesús, sino que más bien su actitud “es el reflejo del designio eterno de Dios” (V, 53).
b) Cristo ha abolido el derecho concedido al hombre, en la ley de Moisés, de repudiar a su mujer. A esta tradición jurídica de carácter humano él contrapone el orden de la creación: los dos, hombre y mujer, deben ser según la voluntad de Dios una sola carne, ligados recíprocamente en una humanidad indisoluble (V, 2).
c) En el momento en que se suprime el derecho del hombre a repudiar a su mujer, es necesario establecer entre los dos una relación nueva desde sus bases. Estas consecuencias están delineadas en la Carta a los Efesios (5, 21-33) donde el texto de la creación sobre el matrimonio ha de ser releído e interpretado a partir de Cristo. Con los más recientes exegetas, el Papa considera el versículo 21 del capítulo quinto como título de todo el párrafo: “Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo”. En esta sumisión recíproca, que se opone a la precedente dominación, el Santo Padre descubre la “novedad evangélica”, la fundamental superación de la discriminación de la mujer provocada por el pecado. Este nuevo y decisivo paso hacia adelante no se cancela en absoluto por el hecho de que a continuación en el texto bíblico el hombre es designado como cabeza de la mujer, De hecho esta formulación recibe su significado auténtico mediante su referencia cristológica: ser cabeza significa, a partir de Cristo, entregarse a sí mismo por la mujer (Ef 5, 25; VII, 24). Por lo demás, si lo antiguo aparece todavía en el lenguaje, esta novedad, que deriva justamente de Cristo, “ha de abrirse camino gradualmente en los corazones... en las costumbres. Se trata de un llamamiento que, desde entonces no cesa de apremiar...” (Ef 5, 25; VII, 24).
3) Sin embargo la unidad y la igualdad de hombre y mujer en la vocación a la autorrealización a través de la entrega de sí no cancela de hecho la diversidad (V, 16). Por tanto el Papa trata de decir, con gran cautela, algo del genio específico de la mujer diferenciándolo de la vocación del hombre. A este propósito él comienza con la mujer por excelencia, la Madre del Señor. Examina, pues, según este carácter específico las dos formas fundamentales de la existencia femenina, maternidad y virginidad. También aquí hay que considerar ante todo lo que es común: se trata cada vez en última instancia, de la tarea fundamental de la existencia humana, la superación de sí mismo en la donación de sí. En el matrimonio la autodonación de los esposos se abre, por su naturaleza, al don de una vida nueva. Hombre y mujer participan así del gran misterio del eterno generar (VI, 8). Aunque este generar pertenezca al mismo tiempo al hombre y a la mujer, sin embargo es también verdad que “el hecho de ser padres... es una realidad más profunda en la mujer... la mujer es ‘la que paga’ directamente por ese común engendrar, que absorbe literalmente las energías de su cuerpo y de su alma” (VI, 18). El Papa deduce de esto que existe una deuda especial del hombre con la mujer y prosigue: “Ningún programa de “igualdad de derechos” del hombre y de la mujer es válido si no se tiene en cuenta esto” (VI, 18). Esta idea todavía se profundiza más a través de la afirmación de que el hombre frente al proceso de gestación y del nacimiento se descubre siempre “fuera”. De este modo él, en múltiples aspectos, debe aprender de la madre el ser padre (VI, 18).
4) Estas perspectivas se amplían finalmente a las nuevas dimensiones sobrenaturales de la existencia humana, abiertas al acontecimiento redentor de Cristo y a la nueva comunidad de la Iglesia. De las múltiples reflexiones del texto quisiera deducir tres afirmaciones:
a) El carácter específico del Nuevo Testamento consiste en que debe ser realizado en la carne y en la sangre del Hijo de Dios hecho hombre. Y estando así las cosas, comienza también en la carne —en la mujer— que, a través de su sí, se ofrece como su madre. Gracias a Ella, a su virginal y materno sí, el Hijo puede decir al Padre: “Me has formado un cuerpo. He aquí que vengo, Padre, para hacer tu voluntad” (cf. Heb 10, 5. 7) (VI, 19). Así se puede decir que el más grande acontecimiento de la historia humana sobre la tierra —el que Dios se haga hombre— se ha realizado en una mujer y a través de una mujer, María (IX, 31). 
b) En el misterio de Cristo se ha insertado esencialmente el simbolismo “esponsal”, el amor trinitario de Dios se hace entrega de sí al ser humano y de esta forma confiere una profundidad inimaginable anteriormente a la reciprocidad esponsal de hombre y mujer. Precisamente este contexto cristológico y esponsal de los sacramentos, y sólo él, explica por qué Cristo llamó como Apóstoles sólo hombres y únicamente a ellos transmitió el mandato de administrar los sacramentos de la Eucaristía y de la Confesión. No se trata en modo alguno de una concesión a presuntos o reales condicionamientos de su tiempo; deriva en cambio de la estructura intrínseca de su mandato. A esta forma cristológica, esponsal fundamental de los sacramentos y por tanto del sacerdocio, la Iglesia está y permanece vinculada. Y es por tanto absurdo unir la cuestión de la dignidad de la mujer al sí o al no al sacerdocio femenino; semejantes tesis descuidan lo que es esencial en el problema. Quien no puede compartir la fe católica en los sacramentos instituidos por Cristo, no debería tampoco querer describir la forma que debería asumir el sacerdocio católico. Resulta por tanto también equivocado reducir la Carta del Papa a la cuestión del sacerdocio de la mujer: el Papa no es en ningún caso un monarca absoluto, cuya voluntad tenga valor de ley Él es la voz de la Tradición; y sólo a partir de ella se funda su autoridad.
c) El sacerdocio es un misterio de servicio con un profundo ligamen simbólico y existencial; su finalidad — más aún la misma “razón de ser” de la Iglesia — es la santidad: su entera estructura jerárquica “está ordenada totalmente a la santidad de los miembros del Cuerpo místico de Cristo”. En este sentido el Papa alude a una jerarquía en la santidad y vuelve a tomar una idea de Hans Urs von Balthasar, que habla de la dimensión mariana y de la dimensión apostólica-petrina de la Iglesia. Por lo que respecta, sin embargo, a la relación entre estas dos dimensiones, se expresa así la Carta Apostólica citando el Concilio Vaticano II: “En la jerarquía de la santidad precisamente la mujer... es “figura” de la Iglesia” (VII, 27). El Santo Padre concretiza después estas afirmaciones fundamentales a través de una mirada a la posición histórica de la mujer en la Iglesia y a la falange de santas mujeres desde los inicios hasta hoy, las cuales en todo tiempo, con igual derecho e igual honor caminan al lado de los hombres santos y junto con ellos (VII, 27).
Al comienzo he hablado de un doble contexto de la Carta papal: el Año Mariano y el Sínodo de los Obispos. Esta perspectiva esencialmente intereclesial se abre, al final del documento, al panorama de la historia mundial. El Papa se fija en la lucha que hoy se realiza a favor del hombre y su humanidad. Ve descrita en modo arquetípico esta lucha en el Génesis y en el Apocalipsis, en el primero y en el último libro de la Biblia: “...en el paradigma bíblico de la ‘mujer’ se encuadra... la lucha a favor del hombre, de su verdadero bien, de su salvación” (VIII, 30). Concretamente esto significa que en un unilateral progreso material de la humanidad se esconde el peligro de una gradual desaparición de la sensibilidad por el hombre, por lo que es esencialmente humano (VIII, 30). En esta situación necesitamos que aparezca claro el “genio” de la mujer, su sensibilidad por el ser humano, simplemente porque él es hombre (VIII, 30), El Papa fundamenta esta afirmación humanística sobre una base teológica, con la convicción de que Dios ha confiado el ser humano, de un modo específico, a la mujer, ya que su misión particular está en el orden del amor. La mujer guardiana del ser humano, de su humanidad: ésta es la afirmación programática y la apasionada llamada, en la que desemboca este importante documento. A un lector superficial y apresurado la Carta del Papa podría parecer sólo una meditación edificante, bien poco interesante. Quien acepte la fatiga de sumergirse más profundamente en este documento reconocerá en él, además de su riqueza teológica. también un texto de gran calidad humana, portador de un mensaje que nos incumbe a todos.

Card. Joseph RATZINGER.

EL TRIUNFO DE LA VIDA Y LA VERDAD DEL AMOR HUMANO: Conclusiones, vídeos y textos del Congreso celebrado en Alcalá de Henares a los 50 años de la «Humanae vitae» y los 25 de «Veritatis splendor»

Conclusiones, vídeos y textos del Congreso celebrado en Alcalá de Henares a los 50 años de la «Humanae vitae» y los 25 de «Veritatis splendor»


EL TRIUNFO DE LA VIDA Y LA VERDAD DEL AMOR HUMANO
Congreso en la Diócesis Complutense

Con ocasión de los 50 años de la Humanae vitae y los
25 de Veritatis splendor

Salón de Actos del Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares
26, 27 y 28 de Enero de 2018
http://www.obispadoalcala.org/cutenews-es/data/upimages/2016-9-28_Papa_Obispo_Reig.jpg
El Santo Padre el Papa Francisco y Mons. Juan Antonio Reig Pla, Audiencia de 28-9-2016

Con ocasión de los 50 años de la Encíclica Humanae vitae del Papa Beato Pablo VI  y los 25 de la Encíclica Veritatis splendor del Papa San Juan Pablo II, las Delegaciones de Enseñanza y Pastoral Familiar de la Diócesis complutense de Alcalá de Henares, - a instancia de su Obispo Mons. Juan Antonio Reig Pla - organizaron un Congreso para iluminar y resaltar la dignidad de la vida humana, la verdad del amor humano y para profundizar en los fundamentos de la moral cristiana, bajo el título: El triunfo de la vida y la verdad del amor humano. El Congreso tuvo lugar en el Salón de Actos del Palacio Arzobispal los días 26, 27 y 28 de enero del presente año 2018 y contó con una excelente participación de sacerdotes, religiosos y fieles laicos, tanto de la diócesis de Alcalá de Henares como de otras muchas del resto de España e incluso de Alemania y de Estados Unidos.
Conclusiones del Congreso
Las conclusiones básicas del Congreso fueron:

1) El carácter profético de la Encíclica, del Beato Pablo VI, Humanae vitae, su vigencia irreformable y la necesidad de releerla desde la “teología del cuerpo”.

2) La Encíclica Humanae vitae está en consonancia y continuidad con lo expresado en la Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, y realiza su explicitación y concreción. El contenido moral presente en la Encíclica exalta el amor humano con sus características y aclara el concepto de paternidad responsable en consonancia «con criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos» (Gaudium et spes, 51).

3) Es necesario reconstruir el sujeto humano para alcanzar, desde la primacía de la gracia de Dios, la verdad del amor humano y la grandeza de la indisolubilidad del matrimonio. No hay paradigma moral cristiano que no pase por los criterios de moralidad expuestos por San Juan Pablo II en la Encíclica Veritatis splendor.

4) Para salvaguardar los bienes de la persona es necesario afirmar la existencia de “actos intrínsecamente malos” custodiados por los preceptos negativos que obligan en todas las circunstancias, más allá de la intención del sujeto. La conciencia moral es discípula, súbdita de la verdad y de matriz eclesial.
5) Necesitamos una pastoral familiar y una pedagogía que conlleve la necesidad del anuncio del Kerygma y de la iniciación cristiana. Además es necesario recurrir a la educación afectivo-sexual, la formación en los métodos de reconocimiento de la fertilidad natural humana, reafirmar el carácter sagrado de la vida humana y acoger la vida débil. El espacio para la formación y la iniciación cristiana, los itinerarios de preparación al matrimonio requieren la revitalización  de la comunidad cristiana.
6) Afrontar el colapso demográfico y cultural de España, que pone en peligro el futuro de la civilización cristiana, exige la presencia de matrimonios abiertos generosamente a la vida y reclama urgentemente recuperar a la familia como sujeto social, a la vez que exige políticas familiares adecuadas.

Desarrollo del Congreso
El evento dio comienzo el viernes  a las 18.00 h. con la acogida y reparto de material a los participantes, seguido de la oración inicial y presentación del congreso a cargo de nuestro obispo, Mons. Juan Antonio Reig Pla.
La primera ponencia del congreso, en la tarde del viernes 26 de enero, tuvo por título: “La sobreabundancia del amor: cuerpo y generación desde Pablo VI a Francisco” y estuvo a cargo de D. José Granados Garcíamiembro del instituto religioso de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María y Vicepresidente del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para Ciencias del Matrimonio y la Familia de Roma.
Tras cada una de las ponencias se daban a conocer a los asistentes, a través de la proyección de distintos videos,  algunas de las iniciativas pastorales que lleva a cabo la diócesis de Alcalá de Henares.
El sábado 27 comenzó con el rezo de laudes y la celebración de la Eucaristía en la Capilla de La Inmaculada del Palacio Arzobispal, presidida por Mons. Juan Antonio Reig Pla y concelebrada por el  vicario general de la diócesis Mons. Florentino Rueda y Mons. Livio Melina.
Terminada la celebración eucarística el Santísimo quedo expuesto en la capilla velando por los frutos del congreso y esperando la visita de quienes quisieran acompañarle en los momentos en que las ponencias del congreso lo permitieran.
Una vez finalizada la jornada matutina los congresistas se dirigieron al claustro de la Catedral Magistral de los Santos Niños Justo y Pastor de Alcalá de Henares donde se les ofreció una acogedora recepción.
Durante todo el fin de semana se ofreció servicio de guardería a los hijos de los congresistas.
Como la mañana anterior, el rezo de laudes en la capilla del Palacio Arzobispal, dio inicio a la última jornada del congreso.
Mons. D. Juan Antonio Reig Pla, como Pastor de la Diócesis complutense de Alcalá de Henares concluyó el congreso “El triunfo de la vida y del amor humano” haciendo una síntesis de cuanto se había expuesto a lo largo de las tres jornadas que duró el congreso.
Nuevamente los congresistas se dirigieron a la Catedral Magistral de la diócesis para finalizar el evento con la celebración de la Santa Misa presidida por el obispo de la diócesis de Alcalá de Henares y concelebrada por Mons. Livio Melina y  por el Emmo. y Rvdmo. Cardenal D. Antonio Mª Rouco Varela, arzobispo emérito de la archidiócesis de Madrid, quien, al final, dirigió unas palabras a los asistentes.
La página web de la Diócesis de Alcalá de Henares ofrece ahora un vídeo-resumen del Congreso y los textos de los ponentes. En los próximos días también estarán disponibles los vídeos de las intervenciones.

Vídeo-Resumen del Congreso





IntervencionesViernes, 26 de enero de 2018

Presentación del Congreso a cargo de Mons. Dr. D. Juan Antonio Reig Pla
Obispo Complutense
Vídeo

Texto de Mons. Reig (PINCHAR AQUÍ)


Rvdo. Dr. D. José Granados García, D.C.J.M
La sobreabundancia del amor: cuerpo y generación desde Pablo VI a Francisco


Vídeo


Texto de don José Granados (PINCHAR AQUÍ)


Sábado, 27 de enero

Rvdo. Dr. D. Alfonso Fernández Benito
La Humanae vitae 50 años después
Vídeo
Texto de don Alfonso Fernández (PINCHAR AQUÍ)


Mons. Dr. D. Livio Melina
Reconstruir el sujeto: el desafío pastoral y pedagógico de Amoris laetitia


Vídeo


Texto de Mons. Melina (PINCHAR AQUÍ)


Dra. Dª. Juncal Martínez Irazusta
Los métodos naturales de observación de la fertilidad humana


Vídeo


Texto-presentación de la Dra. Juncal Martínez (PINCHAR AQUÍ)


D. Fernando García y Dª. Isabel Saiz, esposos
Fidelidad a la Humanae vitae


Vídeo desde el minuto 36:23


Texto de don Fernando y doña Isabel (PINCHAR AQUÍ)


Dr. D. Nicolás Jouve
La ciencia a favor de la vida


Vídeo


Texto del Dr. Jouve (PINCHAR AQUÍ)


Dra. Dª. Mónica López Barahona
Acoger la vida humana débil


Vídeo desde el minuto 40:20


Texto-presentación de la Dra. López Barahona (PINCHAR AQUÍ)


Dr. D. Javier Ros
Europa: hacia el colapso demográfico y cultural


Vídeo desde 1:07:48

Texto de la conferencia del Dr. Ros (PINCHAR AQUÍ)

Texto de la presentación del Dr. Ros (PINCHAR AQUÍ)
Domingo, 28 de enero
Rvdo. Dr. D. Juan José Pérez-Soba
Los fundamentos de la moral. A los 25 años de la 
Veritatis splendorVídeo

Texto de don Juan José Pérez-Soba (PINCHAR AQUÍ)

Mons. Juan Antonio Reig Pla
Obispo de Alcalá de Henares
Conclusiones


Vídeo




Santa Misa de Clausura del Congreso
Homilía de Mons. Reig Pla y palabras del Cardenal Rouco Varela


Vídeo
***
Vídeos con algunas inicitivas pastorales de la Diócesis de Alcalá de Henares
que se ofrecieron a los asitentes durante el Congreso
 

1. Vigilia de San Valentín

2. Víspera de Todos los Santos (Holywins)

3. Fiesta de las Santas Formas y la Adoración Perpetua

4. Reyes Magos

5. Cementerio de los Mártires de Paracuellos

***




https://obispadoalcala.org/cutenews-es/data/upimages/Cartel_Congreso_AlcaladeHenares_2018.jpg


«Edificar la Iglesia doméstica. Prácticas familiares para habitar en la Iglesia», 28-6-2017

«Los retos de la familia en el contexto actual», 8-5-2017

Congreso «La familia cristiana y la escuela católica: Minorías creativas para la renovación de la sociedad» Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares, 10-12 de marzo de 2017. Vídeos de las ponencias y documentos

Nota de los Obispos de Getafe y Alcalá de Henares sobre la «Ley de protección integral contra la LGTBIfobia y la discriminación por razón de orientación e identidad sexual en la Comunidad de Madrid», 7-8-2016

Reflexiones Pastorales sobre la «Ley de Identidad y Expresión de Género e Igualdad Social y no Discriminación de la Comunidad Autónoma de Madrid», 21-3-2016

Carta Pastoral: “Misericordia con todos, también con los embriones”, 23-2-2016

Carta Pastoral: “Cruzar otra línea roja ¿una muerte digna?”, 2-11-2015

Carta Pastoral: “No hay ecología sin una adecuada antropología” (LS, n. 118), presentando la encíclica del papa Francisco “Laudato Si’ sobre el cuidado de la casa común”, 26-6-2015

Carta Pastoral: «En defensa de la vida: sobre los abusos sexuales a menores y adultos vulnerables», 7-3-2015

Sobre el aborto (2): «Por un plato de lentejas. La peor de las corrupciones», 26-12-2014

Sobre el aborto: «Llamar a las cosas por su nombre. Un verdadero reto para los católicos», 24-9-2014