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28 marzo 2020

El Papa abraza a la humanidad con la bendición de Dios: Es “tiempo de elegir”




El Papa Bendice Al Mundo Con El Santísimo © Vatican Media

El Papa abraza a la humanidad con la bendición de Dios: Es “tiempo de elegir”

Oración especial por el fin de la pandemia

(zenit – 27 marzo 2020).- “Abrazar al Señor para abrazar la esperanza”: Esta es la invitación que nos hace el Papa Francisco para combatir el miedo en esta crisis causada por la pandemia del coronavirus. “Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza”.
En una tarde lluviosa, con la tenue luz del atardecer en Roma, el Papa Francisco ha llegado a las 18 horas, acompañado únicamente por Mons. Guido Marini, Maestro de Ceremonias Litúrgicas Pontificales, para presidir la oración extraordinaria por el fin de la pandemia del coronavirus que ha contagiado ya a más de 536.280 personas en todo el mundo.
“No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio”, ha señalado el Papa, invocando al Padre. “El tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia Ti, Señor, y hacia los demás”.
¿Por qué tenéis miedo?”
¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?” ha citado el Papa de la Biblia haciendo suyas las palabras en un momento sin precedentes. “Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar”.
“La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluasseguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades”, ha advertido Francisco, “nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad”.
El Papa exhorta a todo el mundo, teniendo en cuenta que el virus ha afectado a 188 países a abrazar la Cruz de Cristo, en la que “hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar”.
Adoración al Santísimo
Al concluir sus palabras, el Sucesor de Pedro se ha dirigido a pie, acompañado de Mons. Marini, hacia la entrada central de la Basílica Vaticana, donde se hallaban las imágenes de la Virgen Salus Populi Romani(Salvación del Pueblo Romano), normalmente ubicada en la Basílica de Santa María Mayor, y el Crucifijo milagroso, de la iglesia San Marcello al Corso, muy venerado en Roma tras la liberación de la “Gran Plaga” de 1552.
Después, el Santo Padre ha entrado en el corredor que hay a la entrada de la Basílica, donde ha tenido lugar la Exposición y Adoración al Santísimo, para finalmente bendecir Urbi et Orbi, con la posibilidad de recibir la Indulgencia plenaria, al mundo entero con la custodia del Santísimo Sacramento.
Señor, bendice al mundo”
“Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios”, ha pronunciado el Papa al final de su reflexión. “Señor, bendice al mundo,da salud a los cuerpos y consuela los corazones”.
Normalmente la bendición Urbi et Orbi, sobre la ciudad de Roma y sobre el mundo, se reserva para Navidad y Pascua, y para la elección de un nuevo Papa. Para recibir la indulgencia plenaria, presupone, entre otras cosas, la comunión eucarística y la confesión, la mayoría de las cuales actualmente sólo son posibles de manera “espiritual”.
A continuación, sigue la meditación completa, pronunciada por el Papa este viernes, 27 de marzo de 2020, en la plaza de San Pedro.
***
Meditación del Papa Francisco
“Al atardecer” (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador queparaliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada yfuriosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y conangustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.
Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca queprimero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?” (v. 40).
Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?” (v. 38). No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón.También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.
La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluasseguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestravida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.
Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.
¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por laprisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemoscontinuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”.
¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, “volved a mí de todo corazón” (Jl 2,12). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás.
Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas ysostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo.
Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: “Que todos sean uno” (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el serviciosilencioso son nuestras armas vencedoras.
¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación.No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros lasestrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza.Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.
El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio delaislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.
Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitirnuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.
¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice almundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fees débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: “No tengáis miedo” (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).
© Librería Editorial Vaticano

21 marzo 2020

Camino Neocatecumenal. Equipo de catequistas P. Rino - Franco – Giovanna Domus


NEOCATECHUMENAL WAY
Domus Galilaeae Monastery
Road 8277-Korazin-P.O. Box 909 Tiberias 14108 (IL) Tel.: (972-4) 68 09 100- Fax: (972-4) 68 09 111




Queridos hermanos,
¡La paz y el consuelo de Nuestro Señor Jesucristo esté con todos ustedes!

Tardé en darte noticias, ya que esperaba ver la evolución de la infección por coronavirus y las medidas tomadas por el gobierno para evitar la propagación de La epidemia. Kiko, Ascensión y el Padre Mario nos han enviado una breve carta que yo soy adjuntando a usted, en el que nos informan que no habrá un anuncio de Pascua como siempre lo hemos hecho hasta ahora. Al no poder reunirse con nosotros este año, lo harán sólo por carta para ayúdanos a vivir los tiempos difíciles del presente. Agradecemos al señor quien nos envió a Kiko, Carmen, Ascensión, P. Mario, quien inculcó en nosotros, y constantemente refuerza en nosotros que "Amar a Cristo es la única verdad, ¡el resto es todo vanidad! ... Amar Cristo es la expresión de amor por los hermanos, por eso la comunidad cristiana es un signo de salvación perenne".

Este tiempo de Cuaresma, que nos lleva a lo esencial de la vida, nos ayuda a encontrar una relación de amor y abandono en los brazos, extendida en la cruz, de Nuestro Señor Jesucristo. En el anuncio (Cuaresma), le recordamos que muchas pruebas esperan los justos, pero el Señor nos libera de todo. Con esta epidemia, el Señor examina esta generación. En estos pocos días te habrás dado cuenta de que muchos valores que existen en el mundo: salud, economía, proyectos, confort, trabajo, viajes ... ya no son valores ahora. Quien construyó su vida sobre todas estas cosas, pensando que todo depende de él, ha entrado en pánico. Entonces es cierto lo que la iglesia nos anunció en palabras de San Pablo: que la "escena de este mundo pasa", y que la única certeza es Cristo, que tiene vencer a la muerte y quién ha preparado la vida inmortal para nosotros.
Espero que hayas leído el Catequesis de San Cipriano de Cartago sobre la "condición mortal del hombre". En ella San Cipriano nos recuerda: "Queridos hermanos queridos ... debemos ahora y siempre reflejar que tenemos renuncia por mundo y, mientras tanto, vivan aquí como invitados y extraños. Alegrémonos del día que nos ha sido designado a cada uno de nosotros para llegar a nuestra propia casa, que nos arrebata de ahí, y nos libera de las cadenas del mundo y nos restaura al paraíso y al reino ".

El mundo con toda su ciencia no puede leer los "signos de los tiempos". Ahora lo entiendes porque durante años el Señor nos enseñó pacientemente y nos abrió el oído a través de su palabra, haciéndonos experimentar que solo en el Señor hay salvación. Solo Él da una respuesta a los eventos más trágicos, porque ha vencido la muerte. Nos encontramos hoy en frente a un mundo en pánico por miedo a la muerte causada por el coronavirus que se está poniendo cada vez más cerca. Me llamó la atención una palabra de San Juan Bautista: "Él debe aumentar, pero yo debo disminuir". Eso es exactamente lo que está sucediendo. El coronavirus nos ha puesto a todos de rodillas. Nuestra soberbia, nuestro orgullo, nuestra vanidad, nuestros planes han bajado para que el Señor pueda crecer en nosotros. Jesús mismo profetizó: "Aquí tú y las casas quedarán desiertas hasta que digas: Bienaventurado el que viene en nombre del Señor ". Podríamos decir en cambio:" Aquí tus iglesias quedarán desiertas ... ". Estamos Invitado a leer este momento con fe, porque Dios interviene en todas las cosas por aquellos que Él ama. Dios está preparando a esta generación para abrir sus ojos. Por eso el Señor nos llamó a su iglesia, para ser testigos de Él en esta generación. Hermanos, les recuerdo lo que les dije en el anuncio de la Cuaresma, citando a San Agustín: "El estadio está lleno de espectadores que esperan. Las gradas ya están llenas y están esperando.
Por ustedes, cristianos, que son bautizados, para ver cómo se comportan".

Es por eso que debemos estar unidos en la fe y apoyarnos. mutuamente, especialmente en este momento en el que estamos físicamente aislados por las instrucciones que nos dan las autoridades, para que el coronavirus no se propague. Por eso pensamos en proporcionar un poco de ayuda. Muchos hermanos de las comunidades de Italia, que han estado aislados durante varios días, incapaces de verse y con ganas de mantenerse conectados con los hermanos, han experimentado con herramientas disponibles tanto en PC como en teléfonos / tabletas. Ellos se organizaron y hacen celebraciones de los Laudes, la Palabra y la Eucaristía, mientras se conectan en video.
El resultado ha sido positivo. Escuchando la experiencia de las comunidades que suelen hacerlo, nos aconsejaron utilizar la plataforma ZOOM.US.

Adjunto una descripción del sistema ZOOM con el que será posible versen durante los momentos de oración que llenan nuestros días. Es un experimento que haremos y que espero sea útil para vernos como un "pequeño rebaño". Nos consolará en el desierto en el que vivimos y en el que periódicos, televisión e internet transmiten constantemente noticias del sufrimiento y problemas que aumentan la sensación de angustia y pánico entre la gente.

Nos pondremos en contacto con sus responsables para explicarles cómo salir al aire.

Equipo de catequistas
P. Rino - Franco – Giovanna Domus Galilea 15 marzo 2020

15 marzo 2020

08 febrero 2020

Bioética: Aumenta la donación después de la muerte o muerte por donación




Bioética: Aumenta la donación después de la muerte o muerte por donación

Observatorio de Bioética – Universidad Católica de Valencia

(zenit – 7 feb. 2020).- En el número de diciembre de 2019 de Bioética Press, se incluye un informe sobre la posibilidad de obtener órganos para trasplante de personas aún vivas, que especialmente hace referencia a que personas que quieran suicidarse, puedan ofrecerse para que en un acto quirúrgico les extraigan sus órganos, aunque ello les ocasione naturalmente la muerte, es decir el suicidio. Esta práctica se ha venido a denominar death by donation.
Ahora se publica un artículo en Linacre Quarterly en el que se aborda también este espinoso tema, cuestionando en primer lugar por qué la “muerte por donación” está aumentando.
Hay bioéticos que admiten como ético, obtener órganos de una persona eutanasiada, pues éstos se extraen después de que la persona esté muerta, pero se muestran contrarios a la “muerte por donación”, aunque según Wes Ely, especialmente en Cuidados Internos de la Universidad Vanderbilt, en ambas circunstancias la extracción de órganos atenta a las más elementales normas éticas, pues ello conculca la denominada “Death Donor Rule”, una norma ética que prohíbe la extracción de órganos hasta que exista evidencia de la muerte de la persona, lo cual no siempre es posible determinarlo en caso de eutanasia, pues el concepto de “muerte cerebral” no está asumido de forma uniforme. Los autores hacen referencia a las diferentes definiciones de “muerte cerebral”, en distintos países y circunstancias, lo que dificulta asumir una definición de ella universalmente válida.
En opinión de la autora del trabajo, opinión que compartimos, si los seres humanos tienen la dignidad que les corresponde, simplemente porque son humanos, y ello incluye el respeto a sus vidas, la eutanasia para la donación de órganos conculca tal dignidad, porque el individuo en cuestión sigue siendo un ser humano en el momento en que se le extraen los órganos, aunque este tipo de eutanasia aún puede suscitar algún tipo de debate ético, pero la “muerte por donación” no parece que pueda ser apoyada éticamente desde ningún punto de vista, que se considere.
Otro aspecto a tener en cuenta la participación de médicos y enfermeros en las “muertes por donación” o en la “donación después de la eutanasia”, lo que hace necesario garantizar la “objeción de conciencia” para aquellos sanitarios que rehúsen colaborar en estos actos.
Otro hecho que hay que considerar es ¿por qué algunas personas que están de acuerdo con la eutanasia encuentran la “muerte por donación” éticamente inaceptable? A ello hay que responder, que porque atenta directamente contra la dignidad humana, de acuerdo al pensamiento filosófico más extendido, pues en ella la persona se utiliza para un propósito que va más allá de la donación después de eutanasia. A nuestro juicio, la “muerte por donación” constituye claramente un acto homicida.
En conclusión, la autora hace referencia a si la eutanasia podría considerarse una práctica ética, si ella presupone una opción para la donación de órganos para trasplantes. Sin embargo, no parece que así sea, pues el juicio ético que la eutanasia merece no debe unido a la posterior donación de los órganos de la persona eutanasiada, y mucho menos, a nuestro juicio, cuando la persona muere como consecuencia de la extracción de los órganos, pues ello es, como ya se ha comentado, un acto claramente homicida.

Justo Aznar

10 enero 2020

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta. Jueves, 9 de enero de 2020

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta
Jueves, 9 de enero de 2020
Cuando hablamos de paz, enseguida pensamos en las guerras, en que en el mundo no haya guerras, en que haya una paz segura. Esa es la imagen que nos viene siempre, paz y no guerras, pero siempre fuera: en aquel país, en aquella situación… Incluso estos días que ha habido muchos focos de guerra, la mente va enseguida allá cuando hablamos de paz, cuando pedimos que el Señor nos dé la paz. Y eso está bien; debemos rezar por la paz del mundo, siempre debemos tener delante ese don de Dios que es la paz y pedirlo para todos.

Pero, a la vez, debemos ver cómo va la paz en casa, si nuestro corazón está en paz o ansioso, siempre en guerra, en tensión por tener algo más, por dominar, por hacerse sentir. La paz de las gentes o de un país se siembra en el corazón: si no tenemos paz en el corazón, ¿cómo pensamos que habrá paz en el mundo? Sin embargo, habitualmente no lo pensamos. La primera lectura, de San Juan Apóstol (1Jn 4,11-18), nos indica el camino para llegar a la paz por dentro: “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él”. Donde está el Señor hay paz. Es Él quien hace la paz, es el Espíritu Santo que Él envía quien hace la paz dentro de nosotros. Si permanecemos en el Señor, nuestro corazón estará en paz; y si permanecemos habitualmente en el Señor, cuando caigamos en un pecado o un defecto, será el Espíritu quien nos dé a conocer ese error, esa caída. Permanecer en el Señor. ¿Y cómo permanecemos en el Señor? Dice el Apóstol: “Debemos amarnos unos a otros”. Esa es la pregunta, ese es el secreto de la paz.

Hablamos de amor auténtico, no el de las telenovelas, de espectáculo, sino del que lleva a hablar bien de los demás: si no, si no puedo hablar bien cierro la boca, no critico ni cuento cosas feas. Porque criticar y despellejar a los demás es guerra. El amor se demuestra en las cosas pequeñas, porque si hay guerra en mi corazón habrá guerra en mi familia, habrá guerra en mi barrio y habrá guerra en el lugar de trabajo. Los celos, las envidias, las murmuraciones nos llevan a hacer la guerra uno contra el otro, destruyen, son como basura. ¿Cuántas veces hablo con espíritu de paz y cuántas con espíritu de guerra? ¿Cuántas veces soy capaz de decir: cada uno tiene sus pecados, yo miro los míos y los demás tendrán los suyos, y cierro la boca?

Habitualmente nuestro modo de obrar en familia, en el barrio, en el trabajo es un modo de actuar de guerra: destruir al otro, manchar el otro. Y eso no es amor, esa no es la paz segura que hemos pedimos en la oración. Cuando hacemos eso no está el Espíritu Santo. Y eso nos pasa a todos y a cada uno. Enseguida viene la reacción de condenar al otro. Sea un laico, una laica, un sacerdote, una religiosa, un obispo, un Papa…, todos, todos. Es la tentación del diablo para hacer la guerra. Y cuando el diablo consigue hacer la guerra y enciende ese fuego, está contento, ya no tiene que seguir trabajando: somos nosotros los que trabajamos para destruirnos el uno al otro, somos nosotros los que llevamos adelante la guerra, la destrucción, destruyéndonos primero nosotros mismos, porque echamos fuera el amor, y luego a los demás. Somos dependientes de esa costumbre de ensuciar a los demás: es una semilla que el diablo ha puesto dentro de nosotros. Pidamos, pues, una paz segura, que es don del Espíritu Santo, procurando permanecer en el Señor.