“Los que fomentan el miedo hacia los migrantes, en ocasiones con fines políticos, en lugar de construir la paz siembran violencia, discriminación racial y xenofobia, que son fuente de gran preocupación para todos aquellos que se toman en serio la protección de cada ser humano”, ha dicho esta semana el Papa en su mensaje para la celebración de la LI Jornada Mundial de la Paz.
Y, bueno, claro, ¿quién puede estar a favor de quienes fomentan el miedo, mucho más hacia unos hermanos nuestros que vienen huyendo de unas condiciones peores, sino de verdaderas tragedias humanas? El Santo Padre nos recuerda esa común humanidad y esa caridad urgente que debe aplicar el cristiano hacia los más necesitados.
Pero si el Papa subraya lo que es de justicia que subraye el Vicario de Cristo, la caridad, no creo que sea irrespetuoso por nuestra parte puntualizar algunos aspectos de su mensaje. Por ejemplo, cuando dice que los inmigrantes “traen consigo la riqueza de su valentía, su capacidad, sus energías y sus aspiraciones, y por supuesto los tesoros de su propia cultura, enriqueciendo así la vida de las naciones que los acogen”.
Es seguramente cierto que muchos, quizá una mayoría, traen todo eso. Pero, quitando que a menudo en su “propia cultura” no hay solo “tesoros”, habría que suspender la fe en el Dogma del Pecado Original para pensar que solo traen eso. No creo que sea sensato, por huir de la demonización del inmigrante, caer en su idealización.
Esta semana recordábamos, por ejemplo, un ejemplo de esa “propia cultura” con la que llegan muchos de esos inmigrantes en su extremo más dramático, al anunciar la identificación de los cadáveres de los 21 cristianos degollados en Libia. El Obispo copto católico de Guiza en Egipto, Mons. Anba Antonios Aziz Mina, dijo que en el video las víctimas del ISIS “en el momento de su bárbara ejecución, repiten: ‘Señor Jesucristo”. De hecho, no pocos cristianos de Oriente Medio llegan a Occidente huyendo de una persecución que, para su horror, reencuentran en nuestras ciudades.
Ha sido semana de “otras culturas”, de encuentro y de choque. En lo primero, hemos tenido la reunión del Papa con representantes de la Iglesia Asiria en el Vaticano, quizá la confesión cristiana que más martirios está sufriendo en este momento.
Es sorprendente la entereza y vivencia extrema de la fe de esos cristianos en una persecución que, si hoy es sangrienta y violenta, ha sido también constante a lo largo de los siglos, desde la primera predicación de la fe en esas tierras. Sobre todo cuando se compara a la frivolidad doctrinal de las denominaciones europeas, como la Iglesia Sueca -luterana y oficial-, que ha prohibido referirse a Dios con los términos Él o Padre.
Suecia, es cierto, es un caso límite de inversión de valores. De hecho, nos hacíamos eco de la noticia de que se acaba de publicar allí un libro con todos los parabienes de las autoridades educativas, dirigido a los preescolares, donde se fomenta la transexualidad. Se nos ocurren pocas cosas más perversas.
Es un proyecto de deshumanización que sigue teniendo su máximo exponente en el aborto, un horrible negocio que la Cultura de la Muerte ha convertido en verdadero 'sacramento' y del que se deriva todo tipo de maldades, como revela una exempleada de Planned Parenthood: ‘No difería de una traficante de esclavos’.
Pero si el de Suecia es un caso extremo, la fe tampoco pasa por su mejor momento en nuestra propia iglesia, en nuestro propio país. Cada año, a medida que se aproxima la Navidad los cristianos tenemos que tragarnos la dosis habitual de sermoneo laico, de incitación a la increencia y de burlas de mayor o menor calibre. Bien, digamos que eso está en el guion, y tenemos la piel dura.
Lo triste es cuando uno lee que un colegio católico de Lérida suspende el Belén viviente porque “no hay nada que celebrar”. La razón es que hay dos implicados en casos de sedición por el 1-O que están en la cárcel de Soto del Real.
No entramos en la causa, no opinamos aquí de la justicia o injusticia de la detención. Pero supeditar la alegría de la Navidad, la celebración de que Dios se ha hecho hombre para salvarnos, al destino penal de quien sea, es no haber entendido nada. O haber cambiado la fe en Cristo por la fe en la Nación.
El otro caso que traemos como ejemplo de decadencia no es tan grave, pero sí significativo. Nos referimos a la 'brillante' idea de la Conferencia Episcopal de celebrar la festividad de Santa Cecilia, Patrona de la Música, colgando en redes sociales una versión orquestal de ‘Despacito’.
No es ya solo deprimente que la Iglesia haya pasado de inspirar el Réquiem de Mozart a copiarle al mundo algo tan vulgar como 'Despacito'; es que el mensaje de la canción elegida no puede ser más inadecuado para celebrar nada, y menos la música litúrgica.
No deja de ser un caso de 'colonización ideológica' de aquellas contra las que nos advierte el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta el cuarto jueves de noviembre. Suprimir la libertad, borrar la memoria, adoctrinar a los jóvenes: esos son, según Su Santidad, los tres indicadores de las colonizaciones culturales e ideológicas de todos los tiempos.
Gabriel Ariza Rossy
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25 noviembre 2017
El miedo hacia los migrantes.
09 octubre 2017
18 junio 2017
Los 10 poderes de la inteligencia espiritual.
Según el filósofo Francesc Torralba Roselló
¿Se ha preguntado usted cómo está de inteligencia espiritual? En esta charla con Aleteia, detectamos junto a Francesc Torralba de qué trata la inteligencia espiritual. Este experto, consultor del Pontificio Consejo para la Cultura, los ha condensado en el libro Inteligencia espiritual publicado por Plataforma.
1 ¿Vale la pena vivir?
Sea cual sea la formulación concreta, ¿Tiene sentido la vida? ¿Qué me cabe esperar?, esta pregunta hace explícito el carácter misterioso de la persona.
El ser humano siempre está en búsqueda.
El ser humano siempre está en búsqueda.
El ser humano, en virtud de su inteligencia espiritual, es capaz de interrogarse por el sentido de su existencia, tiene el poder de preguntarse por lo qué realmente va a dotar de valor su estancia en este mundo.
En grados distintos, podemos distinguir en los mamíferos superiores formas de inteligencia lingüística, emocional, interpersonal, pero la inteligencia espiritual es una modalidad específica del ser humano.
2. El preguntar último
¿Qué tipo de interrogaciones son un producto de la inteligencia espiritual?: ¿Para qué estoy en el mundo? ¿Qué sentido tiene mi existencia? ¿Qué puedo esperar después de mi muerte? ¿Qué sentido tiene el mundo? ¿Para qué sufrir? ¿Para qué luchar? ¿Qué es lo que merece ser vivido?
No disponemos de respuestas evidentes a tales preguntas, pero el preguntar último, la búsqueda del para qué constituye un estímulo al desarrollo filosófico, científico y tecnológico de la humanidad.
La inteligencia espiritual no se satisface con el cómo, ni con el porqué. Necesita conocer el para qué.
3. La capacidad de distanciamiento
La inteligencia espiritual da el poder de tomar distancia de la realidad circundante, pero también de nosotros mismos.
Tomar distancia no debe entenderse en un sentido físico. La inteligencia espiritual nos permite separarnos del mundo, de nuestro propio cuerpo, pero tal operación es únicamente mental.
Consiste, pues, en separarse, sin dejar de ser, sin abandonar el mundo.
La distancia es, paradójicamente, el único modo de comprender realmente algo. Para poder valorar la textura y la calidad de un vínculo, de una relación, de una amistad, es esencial tomar distancia y, luego, desde la contención de las pasiones y las emociones, valorar con ecuanimidad.
4. La autotrascendencia
Trascender consiste en ir más allá, en no contentarse con lo que se es, con lo que se tiene, con lo que se sabe. El trascender expresa una carencia, pero también una esperanza.
Más allá del significado religioso de la palabra trascendencia, la capacidad de trascender no es algo que acontece sólo en personas religiosas, sino en todo ser humano, pues toda persona aspira a superar un límite.
5. El asombro
Una cosa existir. Otra cosa, muy distinta, es darse cuenta de que uno existe. La planta existe, ocupa un lugar en el espacio y dispone de tiempo de vida, pero ella no sabe que existe. No experimenta la sorpresa de existir, ni el vértigo del fluir temporal.
La admiración requiere de la distancia física. Para admirarse de una obra pictórica, de un paisaje, del cielo estrellado o de un cuerpo bello, uno debe tomar distancia física, alejarse de ello.
Cuando uno se da cuenta que existe, pudiendo no haber existido, experimenta una sorpresa y esta sorpresa le conduce a amar la vida y a gozar intensamente de ella, a convertir su estar en el mundo en un proyecto.
6. El autoconocimiento
La inteligencia espiritual nos faculta para adentrarnos por aquella infinita senda que conduce al conocimiento de uno mismo.
Los grandes maestros de la historia de la humanidad, desde Sócrates hasta Confucio, han mostrado que el primer objetivo de la educación es el conocimiento de uno mismo
Cuando una persona cultiva la inteligencia espiritual tiene capacidad para distinguir el personaje del ser, la representación de la esencia. Entonces uno puede llegar a desprenderse de lo que algunos autores denominan el ego y abrirse a la dimensión trascendente que nombran el Self.
7. La facultad de valorar
La tarea de valorar es inexcusablemente humana y convierte al ser humano en un sujeto ético. La experiencia ética halla su fundamento en la inteligencia espiritual. Somos seres capaces de tener experiencia ética, porque tenemos capacidad para tomar distancia y llevar a cabo valoraciones.
Sólo el ser humano es capaz de construir su propia pirámide de valores (pirámide axiológica) y vivir conforme a ella.
8. El gozo estético
Un ser espiritualmente sensible se deleita con la belleza natural, con las manifestaciones artísticas y con la simplicidad de las pequeñas cosas.
La experiencia estética es una vivencia específica del ser humano, una peculiaridad de su ser en el mundo que no se detecta en ningún otro ser.
El animal busca la presa y cuando la tiene a su alcance, ataca. El ser humano es capaz de tomar distancia de los impulsos primarios, de contenerlos y de canalizarlos oportunamente. Le basta con vivir, anhela la bondad, el bien, la unidad, la belleza y, ante todo, vivir una vida con sentido.
9. El sentido del misterio
Lo misterioso circunda al ser humano por todas partes. El misterio es lo insondable, lo que va más allá de lo desconocido o se conoce mal. En sentido estricto, significa lo que está oculto, lo que no se percibe con los sentidos, ni se aclara con la razón.
El ser humano, a lo largo de la historia, se siente constantemente invitado a aclarar el misterio del mundo y de la persona.
La inteligencia espiritual nos faculta para suscitar preguntas. Una persona profunda aprende a convivir con las últimas preguntas.
10. La búsqueda de una sabiduría
Al ser humano no le basta con los conocimientos científicos. Toda persona anhela una orientación que le permita aspirar a vivir una vida Los feliz.
La inteligencia espiritual faculta para la labor de síntesis, para la mirada de conjunto. El hecho de que no existan respuestas concluyentes en el plano científico, no significa que no existan respuestas inteligentes, con plenitud de sentido.
13 junio 2017
29 abril 2017
Viaje a Egipto: Encuentro del santo padre Francisco con el papa ortodoxo Tawadros II
Viaje a Egipto: Encuentro del santo padre Francisco con el papa ortodoxo Tawadros II
Texto completo del Pontífice a los ortodoxos coptos
(ZENIT – Roma, 28 Abr. 2017).- El santo padre Francisco ha llegado al patriarcado copto ortodoxo, ubicado en el viejo Cairo cristiano, parte del edificio de la catedral dedicada a San Marcos. Allí se perpetró un grave atentado el 11 de diciembre de 2016.
Le esperaba Tawadros II, papa de la Iglesia copta ortodoxa y patriarca de Alejandría de Egipto, de toda África y de la Santa Sede de San Marco.
Después de un primer abrazo y de la presentación de las delegaciones, ambos se reunieron en la oficina de Tawadros en un encuentro privado. Concluido el mismo ambos hicieron un discurso y le siguió un intercambio de dones.
Francisco regaló un Icono de la “Madre de Dios de la Ternura”, copia fiel de esta obra en Tolga, que recuerda su milagros descubrimiento en las orillas del río Volga. Tawadros II le regaló un crucifijo característico y una imagen de bronce de San Francisco de Asís.
El encuentro tuvo la firma de un documento común.
Discurso del papa FranciscoEl Señor ha resucitado, verdaderamente ha resucitado. [Al Massih kam, bilhakika kam!]
Santidad, querido Hermano:
Hace poco que ha concluido la gran Solemnidad de la Pascua, centro de la vida cristiana, que este año hemos tenido la gracia de celebrar en el mismo día. Así hemos proclamado al unísono el anuncio de la Resurrección, viviendo de nuevo, en un cierto sentido, la experiencia de los primeros discípulos, que en ese día «se llenaron de alegría al ver al Señor» (Jn 20,20). Esta alegría pascual se ha incrementado hoy por el don que se nos ha concedido de adorar juntos al Resucitado en la oración y de darnos nuevamente, en su nombre, el beso santo y el abrazo de paz.
Esto me llena de alegría: llegando aquí como peregrino, estaba seguro de recibir la bendición de un Hermano que me esperaba. Era grande el deseo de encontrarnos otra vez: mantengo muy vivo el recuerdo de la visita que Vuestra Santidad realizó a Roma, poco después de mi elección, el 10 de mayo de 2013, una fecha que se ha convertido felizmente en la oportunidad para celebrar cada año la Jornada de Amistad copto-católica.
Con la alegría de continuar fraternalmente nuestro camino ecuménico, deseo recordar ante todo ese momento crucial que supuso en las relaciones entre la sede de Pedro y la de Marcos la Declaración Común, firmada por nuestros Predecesores hace más de cuarenta años, el 10 de mayo de 1973.
En ese día, después de «siglos de una historia complicada», en los que «se han manifestado diferencias teológicas, fomentadas y acentuadas por factores de carácter no teológico» y por una creciente desconfianza en las relaciones, con la ayuda de Dios hemos llegado a reconocer juntos que Cristo es «Dios perfecto en su Divinidad y hombre perfecto en su humanidad» (Declaración Común firmada por el Santo Padre Pablo VI y por Su Santidad Amba Shenouda III, 10 mayo 1973).
Pero no menos importantes y actuales son las palabras que la precedían inmediatamente, con las que hemos reconocido a «Nuestro Señor y Dios y Salvador y Rey de todos nosotros, Jesucristo». Con estas expresiones la sede de Marcos y la de Pedro han proclamado la señoría de Jesús: juntos hemos confesado que pertenecemos a Jesús y que él es nuestro todo.
Aún más, hemos comprendido que, siendo suyos, no podemos seguir pensando en ir adelante cada uno por su camino, porque traicionaríamos su voluntad: que los suyos sean «todos […] uno […] para que el mundo crea» (Jn 17,21).
Delante del Señor, que quiere que seamos «perfectos en la unidad» (v. 23) no es posible escondernos más detrás de los pretextos de divergencias interpretativas ni tampoco detrás de siglos de historia y de tradiciones que nos han convertido en extraños. Como dijo aquí Su Santidad Juan Pablo II: «A este respecto no hay tiempo que perder. Nuestra comunión en el único Señor Jesucristo, en el único Espíritu Santo y en el único bautismo, ya representa una realidad profunda y fundamental» (Discurso durante el encuentro ecuménico, 25 febrero 2000).
En este sentido, no sólo existe un ecumenismo realizado con gestos, palabras y esfuerzo, sino también una comunión ya efectiva, que crece cada día en la relación viva con el Señor Jesús, se fundamenta en la fe profesada y se basa realmente en nuestro Bautismo, en el ser «criaturas nuevas» en él (cf. 2 Co 5,17): en definitiva, «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Ef 4,5).
De aquí tenemos que comenzar siempre, para apresurar el día tan esperado en el que estaremos en comunión plena y visible junto al altar del Señor.
En este camino apasionante, que –como la vida– no es siempre fácil ni lineal, pero que el Señor nos exhorta a seguir recorriendo, no estamos solos. Nos acompaña una multitud de Santos y Mártires que, ya plenamente unidos, nos animan a que seamos aquí en la tierra una imagen viviente de la «Jerusalén celeste» (Ga 4,26).
Entre ellos, seguro que los que hoy se alegran de manera especial de nuestro encuentro son los santos Pedro y Marcos. Es grande el vínculo que los une. Basta pensar en el hecho de que san Marcos puso en el centro de su Evangelio la profesión de fe de Pedro: «Tu eres el Cristo». Fue la respuesta a la pregunta, siempre actual, de Jesús: «Y vosotros,¿quién decís que soy?» (Mc 8,29).
También hoy hay mucha gente que no sabe dar una respuesta a esta pregunta; faltan incluso personas que la propongan y sobre todo quien ofrezca como respuesta la alegría de conocer a Jesús, la misma alegría con la que tenemos la gracia de confesarlo juntos. Estamos llamados a testimoniarlo juntos, a llevar al mundo nuestra fe, sobre todo, como es proprio de la fe: viviéndola, porque la presencia de Jesús se transmite con la vida y habla el lenguaje del amor gratuito y concreto.
Coptos ortodoxos y Católicos podemos hablar cada vez más esta lengua común de la caridad: antes de comenzar un proyecto para hacer el bien, sería hermoso preguntarnos si podemos hacerlo con nuestros hermanos y hermanas que comparten la fe en Jesús. Así, edificando la comunión con el testimonio vivido en lo concreto de la vida cotidiana, el Espíritu no dejará de abrir caminos providenciales e inimaginables de unidad.
Con este espíritu apostólico constructivo, Vuestra Santidad sigue brindando una atención genuina y fraterna a la Iglesia copta católica: una cercanía que agradezco tanto y que se ha concretado en la creación del Consejo Nacional de las Iglesias Cristianas, para que los creyentes en Jesús puedan actuar siempre más unidos, en beneficio de toda la sociedad egipcia.
Además, he apreciado mucho la generosa hospitalidad con la que acogió el XIII Encuentro de la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia Católica y las Iglesias Ortodoxas Orientales, que tuvo lugar aquí el año pasado siguiendo vuestra invitación. Es un bonito signo que el encuentro siguiente se haya celebrado en Roma, como queriendo señalar una continuidad particular entre la sede de Marcos y la de Pedro.
En la Sagrada Escritura, Pedro corresponde en cierto modo al afecto de Marcos llamándolo «mi hijo» (1 P 5,13). Pero los vínculos fraternos del Evangelista y su actividad apostólica se extienden también a san Pablo el cual, antes de morir mártir en Roma, habla de lo útil que es Marcos para el ministerio (cf. 2 Tm 4,11) y lo menciona varias veces (cf. Flm 24; Col 4, 10).
Caridad fraterna y comunión de misión: estos son los mensajes que la Palabra divina y nuestros orígenes nos transmiten. Son las semillas evangélicas que con alegría seguimos cultivando y juntos, con la ayuda de Dios, procuramos que crezcan (cf. 1 Co 3,6-7).
Nuestro camino ecuménico crece de manera misteriosa y sin duda actual, gracias a un verdadero y propio ecumenismo de la sangre. San Juan escribe que Jesús vino «con agua y sangre» (1 Jn 5,6); quien cree en él, «vence al mundo» (1 Jn 5,5). Con agua y sangre: viviendo una vida nueva en nuestro mismo Bautismo, una vida de amor, siempre y por todos, también a costa de derramar la sangre.
Cuántos mártires en esta tierra, desde los primeros siglos del Cristianismo, han vivido la fe de manera heroica y hasta el final, prefiriendo derramar su sangre antes que renegar del Señor y ceder a las lisonjas del mal o a la tentación de responder al mal con el mal.
Así lo testimonia el venerable Martirologio de la Iglesia Copta. Aun recientemente, por desgracia, la sangre inocente de fieles indefensos ha sido derramada cruelmente: su sangre inocente nos une.
Querido Hermano, igual que la Jerusalén celeste es una, así también nuestro martirologio es uno, y vuestros sufrimientos son también nuestros sufrimientos. Fortalecidos por vuestro testimonio, esforcémonos en oponernos a la violencia predicando y sembrando el bien, haciendo crecer la concordia y manteniendo la unidad, rezando para que los muchos sacrificios abran el camino a un futuro de comunión plena entre nosotros y de paz para todos.
La maravillosa historia de santidad de esta tierra no se debe sólo al sacrificio de los mártires. Apenas terminadas las antiguas persecuciones, surgió una nueva forma de vida que, ofrecida al Señor, nada retenía para sí: en el desierto inició el monaquismo.
Así, a los grandes signos que Dios obró en el pasado en Egipto y en el Mar Rojo (cf. Sal 106,21-22), siguió el prodigio de una vida nueva, que hizo florecer de santidad el desierto. Con veneración por este patrimonio común, he venido como peregrino a esta tierra, donde el Señor mismo ama venir: aquí, glorioso, bajó al monte Sinaí (cf. Ex 24,16); aquí, humilde, encontró refugio cuando era niño (cf. Mt 2,14).
Santidad, querido Hermano: que el mismo Señor nos conceda hoy seguir caminando juntos, como peregrinos de comunión y anunciadores de paz. Que en este camino nos lleve de la mano Aquella que acompañó aquí a Jesús y que la gran tradición teológica egipcia ha aclamado desde la antigüedad como Theotokos, Madre de Dios.
En este título se unen admirablemente la humanidad y la divinidad, porque, en la Madre, Dios se hizo hombre para siempre. Que la Virgen Santa, que siempre nos conduce a Jesús, sinfonía perfecta de lo divino con lo humano, siga trayendo un poco de Cielo a nuestra tierra.
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