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08 junio 2010

DOMINGO 13 DE JUNIO.


DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO
13 de junio de 2010  (ciclo C, año par)



Primera lectura
El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás
Lectura del segundo libro de Samuel 12, 7-10. 13
En aquellos días, Natán dijo a David:
—«Así dice el Señor, Dios de Israel:
“Yo te ungí rey de Israel, te libré de las manos de Saúl, te entregué la casa de tu señor, puse sus mujeres en tus brazos, te entregué la casa de Israel y la de Judá, y, por si fuera poco, pienso darte otro tanto.
¿Por qué has despreciado tú la palabra del Señor, haciendo lo que a él le parece mal? Mataste a espada a Unas, el hitita, y te quedaste con su mujer. Pues bien, la espada no se apartará nunca de tu casa; por haberme despreciado, quedándote con la mujer de Unas.”»
David respondió a Natán:
—«¡ He pecado contra el Señor!»
Natán le dijo:
—«El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás.»

Palabra de Dios.
Salmo responsorial
Sal 31, 1-2. 5. 7. 11 (R/.: cf. 5c)
R/. Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.
Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito. R/.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R/.

Tú eres mi refugio, me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación. R/.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero. R/.
 Segunda lectura
Vivo yo. pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 2, 16. 19-21
Hermanos:
Sabemos que el hombre no se justifica por cumplir la Ley, sino por creer en Cristo Jesús.
Por eso, hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe de Cristo y no por cumplir la Ley.
Porque el hombre no se justifica por cumplir la Ley.
Para la Ley yo estoy muerto, porque la Ley me ha dado muerte; pero así vivo para Dios.
Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mi.
Y, mientras vivo en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí.
Yo no anulo la gracia de Dios.
Pero, si la justificación fuera efecto de la Ley, la muerte de Cristo sería inútil.

Palabra de Dios.
  Aleluya
l Jn 4, l0b
 Dios nos amó y nos envió a su Hijo
como víctima de propiciación por nuestros pecados.
 EVANGELIO
Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor
+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 7, 36—8, 3
En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo:
—«Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.»
Jesús tomó la palabra y le dijo:
—«Simón, tengo algo que decirte.»
Él respondió:
—«Dímelo, maestro.»
Jesús le dijo:
—«Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?»
Simón contestó:
—«Supongo que aquel a quien le perdonó más.»
Jesús le dijo:
—«Has juzgado rectamente.»
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
—«¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.»
Y a ella le dijo:
—«Tus pecados están perdonados.»
Los demás convidados empezaron a decir entre sí:
—«¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?»
Pero Jesús dijo a la mujer:
— «Tu fe te ha salvado, vete en paz.»
Después de esto iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes.

Palabra del Señor.




COMENTARIO
Tu fe te ha salvado
En el evangelio, san Lucas  presenta a la pecadora perdonada. Simón, fariseo y rico "notable" de la ciudad, ofrece en su casa un banquete en honor de Jesús. Inesperadamente, desde el fondo de la sala, entra una huésped no invitada ni prevista: una conocida pecadora pública. Es comprensible el malestar de los presentes, que a la mujer no parece preocuparle. Ella avanza y, de modo más bien furtivo, se detiene a los pies de Jesús. Había escuchado sus palabras de perdón y de esperanza para todos, incluso para las prostitutas, y está allí conmovida y silenciosa. Con sus lágrimas moja los pies de Jesús, se los enjuga con sus cabellos, los besa y los unge con un agradable perfume. Al actuar así, la pecadora quiere expresar el afecto y la gratitud que alberga hacia el Señor con gestos familiares para ella, aunque la sociedad los censure.
Frente al desconcierto general, es precisamente Jesús quien afronta la situación: "Simón, tengo algo que decirte". El fariseo le responde: "Di, maestro". Todos conocemos la respuesta de Jesús con una parábola que podríamos resumir con las siguientes palabras que el Señor dirige fundamentalmente a Simón: "¿Ves? Esta mujer sabe que es pecadora e, impulsada por el amor, pide comprensión y perdón. Tú, en cambio, presumes de ser justo y tal vez estás convencido de que no tienes nada grave de lo cual pedir perdón".
Es elocuente el mensaje que transmite este pasaje evangélico: a quien ama mucho Dios le perdona todo. Quien confía en sí mismo y en sus propios méritos está como cegado por su yo y su corazón se endurece en el pecado. En cambio, quien se reconoce débil y pecador se encomienda a Dios y obtiene de él gracia y perdón. Este es precisamente el mensaje que debemos transmitir: lo que más cuenta es hacer comprender que en el sacramento de la Reconciliación, cualquiera que sea el pecado cometido, si lo reconocemos humildemente y acudimos con confianza al sacerdote confesor, siempre experimentamos la alegría pacificadora del perdón de Dios (Benedicto XVI, Discurso a la Penitenciaría Apostólica, 7-III-2008).
En la segunda lectura, san Pablo nos enseña que no es el cumplimiento de la ley el justifica, sino la fe; es decir, hace entrar en el orden de la salvación. Siguiendo a san Pablo, hemos visto que el hombre no es capaz de ser "justo" con sus propias acciones, sino que realmente sólo puede llegar a ser "justo" ante Dios porque Dios le confiere su "justicia" uniéndolo a Cristo, su Hijo. Y esta unión con Cristo, el hombre la obtiene  mediante la fe. En este sentido, san  Pablo nos dice:  no son nuestras obras, sino la fe la que nos hace "justos".
Sin embargo, esta fe no es un pensamiento, una opinión o una idea. Esta fe es comunión con Cristo, que el Señor nos concede y por eso se convierte en vida, en conformidad con él. O, con otras palabras, la fe, si es verdadera, si es real, se convierte en amor, se convierte en caridad, se expresa en la caridad. Una fe sin caridad, sin este fruto, no sería verdadera fe. Sería fe muerta (cf. Benedicto XVI, Catequesis, 26-XI-2008)
Jesús provoca un encuentro fundado en la misericordia divina, invitándonos a ver los valores que trae el verdadero arrepentimiento. Así, la mujer pecadora tiene un encuentro de amor y de perdón, de manera que en su fe encuentra la salvación, mientras que el fariseo, que se cree tan justo que hasta Dios le “debe” algo, se ve privado de esta oportunidad de experimentar el amor de Dios. El amor y el perdón se alimentan recíprocamente.
Para ser salvados es necesario que reconozcamos que somos pecadores y necesitados de salvación. Aceptar a Jesucristo es aceptar el amor gratuito de Dios que es el único que salva.
La conversión más profunda es, por tanto, sentirse necesitados del perdón.

Compromiso semanal
Pídele al Señor perdón poder “ver” tus pecados. Acércate al Señor –lleno de ternura y misericordia– y pídele perdón por tus pecados.

La Palabra del Señor, luz para cada día
1ª lectura: 2 S 12, 7-10. 13.
¿Por qué has despreciado tú la palabra del Señor?
                        El adulterio, cometido por David, y la muerte de Urías, maquinada por él, son crímenes que entenebrecen su figura. La Palabra de Dios no los ha ocultado y son una acusación continua. El ungido de Dios ha respondido villanamente, ha demostrado que es un hombre frágil, de carne y hueso, menospreciando los preceptos del Señor, lesionando gravísimamente los derechos del prójimo y dando un pésimo ejemplo al pueblo de Dios.  Pero la imagen de David se restablece gracias a su arrepentimiento profundo y sincero: “He pecado contra el Señor”. El profeta, que acusó valientemente al rey, también le anuncia el gozo del perdón.
Salmo 31, 1-11. Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.
              El salmista ha experimentado la salvación con el perdón de sus propios pecados. Primero se calló y ocultó a Dios su falta. Una grave enfermedad le lleva a reconocer su pecado y a confesarlo. De esta experiencia gozosa saca una lección para los fieles: la misericordia rodea a quien confía en el Señor.  El salmo está centrado en la confesión del pecado y en el perdón de Dios que invade el alma y la establece en su intimidad.
2ª lectura: Ga 2, 16. 19-21. Es Cristo quien vive en mí.
                        La justificación es una transformación radical del hombre que supone el perdón de los pecados y principalmente la comunicación de una vida nueva. La justificación no puede venir de las obras de la Ley; ni éstas influyen en la justificación. Es la muerte y resurrección de Cristo lo que justifica al hombre, si éste participa de ellas; y sólo desde esta realidad el hombre puede vivir su nueva vida.
Puedes leer Colosenses 3, 1-4 y  2 Corintios 5, 14-18.
Evangelio: Lc 7, 36-8, 3  Tu fe te ha salvado.
              El perdón de los pecados es efecto del amor de Dios, por eso la manifestación de este amor es el signo de haber obtenido el perdón. Jesús, por  ser la manifestación plena del amor del Padre, es la plena comunicación del perdón de los pecados. Los actos con los que Cristo comunica el perdón son los actos supremos de su amor. Anuncia la gran alegría del Padre al perdonar, porque en el perdón expresa su amor.
            Puedes leer Mateo 21, 31




CALENDARIO LITÚRGICO
Lunes 14
San Eliseo, profeta
1R 21,1-16. Nabot ha muerto apedreado.
Sal 5.  Atiende a mis gemidos, Señor.
Mt 5, 38-42. Yo os digo: No hagáis frente al que os agravia.
Revisa si tienes odio a alguien. Pide el don de la misericordia
Martes 15
santa maría micaela,
virgen
1R 21,17-29. Has hecho pecar a Israel.
Sal 50.  Misericordia, Señor: hemos pecado.
Mt 5, 43-48. Amad a vuestros enemigos.
¿Tratas a los demás como quieres que te traten a tí?
Miércoles 16
2R 2,1.6-14. Los separó un carro de fuego, y Elías subió al cielo.
Sal 30. R. Sed fuertes y valientes de corazón, los que esperáis en el Señor.
Mt 6, 1.16-18. Tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará
Haz oración con el evangelio de hoy
Jueves 17
Si 48,1-15. Elías fue arrebatado en el torbellino, y Eliseo recibió dos tercios de su espíritu.
Sal 96. Alegraos, justos, con el Señor
Mt 6, 7-15. Vosotros rezad así.
Reza meditando el Padre Nuestro.
Viernes 18
2R 11,1-4.9-18.20. Ungió a Joás, y todos aclamaron: ¡Viva el rey!
Sal 131.  El Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella.
Mt 6, 19-23. Adonde está tu tesoro, allí está tu corazón.
Medita cuál es tu actitud ante el dinero y lo material.
Sábado 19
San Romualdo, abad
2 Cro 24,17-25. Zacarías, al que matasteis entre el santuario y el altar.
Sal 88. Le mantendré eternamente mi favor.
Mt 6, 24-34. No os agobiéis por el mañana.
¿Qué es lo que te agobia? ¡Díselo al Señor!
Domingo 20
12º del Tiempo Ordinario
Za 12,10-11;13,1. Mirarán al que atravesaron.
Sal 62.  Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.
Gá 3,26-29. Los que habéis sido bautizados os habéis revestido de Cristo.
Lc 9,18-24. Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho.
Reza por tu familia y por tu parroquia